La procesión detuvo su marcha un
momento junto al vetusto batiscafo que yacía sepultado bajo el peso del océano.
Los huesos del capitán Erkiaga permanecían aferrados al timón del sumergible,
ignorando la brecha que deformaba aquel ingenioso cilindro metálico así como
los diminutos peces y formas de vida que lo rodeaban en cerrada y silenciosa
oscuridad. Acto seguido la procesión siguió su curso sobrevolando a baja altura
el golfo de Bizkaia hasta adentrarse en la costa; allí, una anciana,
indiferente a las luces que se dirigían rumbo a las montañas, pasaba las
quejumbrosas páginas de un viejo álbum y sus gruesas lentes se empañaban al
verse en las fotografías junto a un joven y apuesto guardiamarina.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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