La procesión detuvo su marcha un
momento junto al vetusto batiscafo que yacía sepultado bajo el peso del océano.
Los huesos del capitán Erkiaga permanecían aferrados al timón del sumergible,
ignorando la brecha que deformaba aquel ingenioso cilindro metálico así como
los diminutos peces y formas de vida que lo rodeaban en cerrada y silenciosa
oscuridad. Acto seguido la procesión siguió su curso sobrevolando a baja altura
el golfo de Bizkaia hasta adentrarse en la costa; allí, una anciana,
indiferente a las luces que se dirigían rumbo a las montañas, pasaba las
quejumbrosas páginas de un viejo álbum y sus gruesas lentes se empañaban al
verse en las fotografías junto a un joven y apuesto guardiamarina.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
Comentarios
Publicar un comentario