La procesión detuvo su marcha un
momento junto al vetusto batiscafo que yacía sepultado bajo el peso del océano.
Los huesos del capitán Erkiaga permanecían aferrados al timón del sumergible,
ignorando la brecha que deformaba aquel ingenioso cilindro metálico así como
los diminutos peces y formas de vida que lo rodeaban en cerrada y silenciosa
oscuridad. Acto seguido la procesión siguió su curso sobrevolando a baja altura
el golfo de Bizkaia hasta adentrarse en la costa; allí, una anciana,
indiferente a las luces que se dirigían rumbo a las montañas, pasaba las
quejumbrosas páginas de un viejo álbum y sus gruesas lentes se empañaban al
verse en las fotografías junto a un joven y apuesto guardiamarina.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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