La procesión detuvo su marcha un
momento junto al vetusto batiscafo que yacía sepultado bajo el peso del océano.
Los huesos del capitán Erkiaga permanecían aferrados al timón del sumergible,
ignorando la brecha que deformaba aquel ingenioso cilindro metálico así como
los diminutos peces y formas de vida que lo rodeaban en cerrada y silenciosa
oscuridad. Acto seguido la procesión siguió su curso sobrevolando a baja altura
el golfo de Bizkaia hasta adentrarse en la costa; allí, una anciana,
indiferente a las luces que se dirigían rumbo a las montañas, pasaba las
quejumbrosas páginas de un viejo álbum y sus gruesas lentes se empañaban al
verse en las fotografías junto a un joven y apuesto guardiamarina.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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