Un inquilino se instala en mi estómago. Tiene un juego de lápices y un
periscopio que asoma por el ombligo. El lugar, vacío más de una década, le
parece bien. Ha colgado un cuadro, ha dispuesto una litera, mesa y silla;
necesita poco. Escruta los días y los rostros, la forma de las nubes, los ángulos
de las luces y las sombras. Lo anota todo, al detalle, en un cuaderno y antes
de irse a dormir lee los apretados renglones del día en voz alta. Su voz
pequeña sube hasta mi cabeza llena de piedras. Una mujer llora desconsolada en la parada del autobús. Los árboles
están reverdeciendo y una manga de sol divide la calle en dos mitades. Un
obrero panzudo fuma un puro sentado en un café. Y con cada lectura recuerdo
cómo solía ser el mundo antes de que las piedras cegaran mi hambre.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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