Un inquilino se instala en mi estómago. Tiene un juego de lápices y un
periscopio que asoma por el ombligo. El lugar, vacío más de una década, le
parece bien. Ha colgado un cuadro, ha dispuesto una litera, mesa y silla;
necesita poco. Escruta los días y los rostros, la forma de las nubes, los ángulos
de las luces y las sombras. Lo anota todo, al detalle, en un cuaderno y antes
de irse a dormir lee los apretados renglones del día en voz alta. Su voz
pequeña sube hasta mi cabeza llena de piedras. Una mujer llora desconsolada en la parada del autobús. Los árboles
están reverdeciendo y una manga de sol divide la calle en dos mitades. Un
obrero panzudo fuma un puro sentado en un café. Y con cada lectura recuerdo
cómo solía ser el mundo antes de que las piedras cegaran mi hambre.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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