Un inquilino se instala en mi estómago. Tiene un juego de lápices y un
periscopio que asoma por el ombligo. El lugar, vacío más de una década, le
parece bien. Ha colgado un cuadro, ha dispuesto una litera, mesa y silla;
necesita poco. Escruta los días y los rostros, la forma de las nubes, los ángulos
de las luces y las sombras. Lo anota todo, al detalle, en un cuaderno y antes
de irse a dormir lee los apretados renglones del día en voz alta. Su voz
pequeña sube hasta mi cabeza llena de piedras. Una mujer llora desconsolada en la parada del autobús. Los árboles
están reverdeciendo y una manga de sol divide la calle en dos mitades. Un
obrero panzudo fuma un puro sentado en un café. Y con cada lectura recuerdo
cómo solía ser el mundo antes de que las piedras cegaran mi hambre.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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