Un inquilino se instala en mi estómago. Tiene un juego de lápices y un
periscopio que asoma por el ombligo. El lugar, vacío más de una década, le
parece bien. Ha colgado un cuadro, ha dispuesto una litera, mesa y silla;
necesita poco. Escruta los días y los rostros, la forma de las nubes, los ángulos
de las luces y las sombras. Lo anota todo, al detalle, en un cuaderno y antes
de irse a dormir lee los apretados renglones del día en voz alta. Su voz
pequeña sube hasta mi cabeza llena de piedras. Una mujer llora desconsolada en la parada del autobús. Los árboles
están reverdeciendo y una manga de sol divide la calle en dos mitades. Un
obrero panzudo fuma un puro sentado en un café. Y con cada lectura recuerdo
cómo solía ser el mundo antes de que las piedras cegaran mi hambre.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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