Su cara le resultó familiar pero
no tanto como para recordarla, era un rostro más, uno de tantos. La casa junto
al acantilado guardaba las caras de todos a pesar de que el tiempo y la
humedad las cubriera de niebla y olvido. En invierno era un lugar inhóspito,
desapacible, los rugidos del oleaje acompañaban sus interminables horas de
soledad. Al caer la noche, en el pequeño teatrillo del sótano, sacaba a los
veraneantes de sus cajas y los vestía con llamativas ropas de baño, gafas de
sol, toallas… No faltaba la arena, ni viejos discos de Beach Boys que sonaban
mientras el temporal azotaba las ventanas y silbaba por debajo de las puertas.
Paseaba con su bebida entre caras ausentes, se interesaba, preguntaba y estrechaba
las manos resecas. Pero al amanecer le desanimaba profundamente no saber nada
de ninguno de ellos y los guardaba de nuevo en sus cajas.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
Comentarios
Publicar un comentario