Su cara le resultó familiar pero
no tanto como para recordarla, era un rostro más, uno de tantos. La casa junto
al acantilado guardaba las caras de todos a pesar de que el tiempo y la
humedad las cubriera de niebla y olvido. En invierno era un lugar inhóspito,
desapacible, los rugidos del oleaje acompañaban sus interminables horas de
soledad. Al caer la noche, en el pequeño teatrillo del sótano, sacaba a los
veraneantes de sus cajas y los vestía con llamativas ropas de baño, gafas de
sol, toallas… No faltaba la arena, ni viejos discos de Beach Boys que sonaban
mientras el temporal azotaba las ventanas y silbaba por debajo de las puertas.
Paseaba con su bebida entre caras ausentes, se interesaba, preguntaba y estrechaba
las manos resecas. Pero al amanecer le desanimaba profundamente no saber nada
de ninguno de ellos y los guardaba de nuevo en sus cajas.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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