Su cara le resultó familiar pero
no tanto como para recordarla, era un rostro más, uno de tantos. La casa junto
al acantilado guardaba las caras de todos a pesar de que el tiempo y la
humedad las cubriera de niebla y olvido. En invierno era un lugar inhóspito,
desapacible, los rugidos del oleaje acompañaban sus interminables horas de
soledad. Al caer la noche, en el pequeño teatrillo del sótano, sacaba a los
veraneantes de sus cajas y los vestía con llamativas ropas de baño, gafas de
sol, toallas… No faltaba la arena, ni viejos discos de Beach Boys que sonaban
mientras el temporal azotaba las ventanas y silbaba por debajo de las puertas.
Paseaba con su bebida entre caras ausentes, se interesaba, preguntaba y estrechaba
las manos resecas. Pero al amanecer le desanimaba profundamente no saber nada
de ninguno de ellos y los guardaba de nuevo en sus cajas.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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