Su cara le resultó familiar pero
no tanto como para recordarla, era un rostro más, uno de tantos. La casa junto
al acantilado guardaba las caras de todos a pesar de que el tiempo y la
humedad las cubriera de niebla y olvido. En invierno era un lugar inhóspito,
desapacible, los rugidos del oleaje acompañaban sus interminables horas de
soledad. Al caer la noche, en el pequeño teatrillo del sótano, sacaba a los
veraneantes de sus cajas y los vestía con llamativas ropas de baño, gafas de
sol, toallas… No faltaba la arena, ni viejos discos de Beach Boys que sonaban
mientras el temporal azotaba las ventanas y silbaba por debajo de las puertas.
Paseaba con su bebida entre caras ausentes, se interesaba, preguntaba y estrechaba
las manos resecas. Pero al amanecer le desanimaba profundamente no saber nada
de ninguno de ellos y los guardaba de nuevo en sus cajas.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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