Contaré hasta tres veces la
historia y nadie la creerá. Sucede lo mismo en cada ciudad que he visitado,
tanto en barrios altos como en suburbios. Escuchan atentos sin mover un
músculo, me miran, y con la última palabra me dan la espalda. Después de haber
recorrido el país durante el último año vuelvo a Las Vegas, estoy cansado de
contar mi historia. En el pequeño televisor de mi apartotel Ronald Reagan está jurando
la constitución, la CBS lo emite en directo, todo el mundo cree al viejo cowboy
trajeado de folletines para los jueves noche; también a mí me creían a ciegas,
entonces, claro, no ahora. El parking está especialmente vacío, ni siquiera hay
parejas de casados disimulando y en el televisor continúa la ceremonia entre los
aplausos de la multitud; todavía me parece estar viendo aquellas chicas
gritando junto a las pancartas en primera fila… Presley for President.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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