Contaré hasta tres veces la
historia y nadie la creerá. Sucede lo mismo en cada ciudad que he visitado,
tanto en barrios altos como en suburbios. Escuchan atentos sin mover un
músculo, me miran, y con la última palabra me dan la espalda. Después de haber
recorrido el país durante el último año vuelvo a Las Vegas, estoy cansado de
contar mi historia. En el pequeño televisor de mi apartotel Ronald Reagan está jurando
la constitución, la CBS lo emite en directo, todo el mundo cree al viejo cowboy
trajeado de folletines para los jueves noche; también a mí me creían a ciegas,
entonces, claro, no ahora. El parking está especialmente vacío, ni siquiera hay
parejas de casados disimulando y en el televisor continúa la ceremonia entre los
aplausos de la multitud; todavía me parece estar viendo aquellas chicas
gritando junto a las pancartas en primera fila… Presley for President.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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