Nadie había entrado allí en años
excepto los gemelos, que lo hacían a escondidas. En el interior Rufus les
esperaba, les susurraba durante horas y antes de que los echaran de menos los
enviaba de vuelta a casa. La nochebuena de 1982 iba a ser especial en muchos
aspectos. La feliz pareja esperaba otro hijo y el padre de la familia sostenía su
copa en alto para anunciar la buena nueva. De improviso, Rufus se irguió sobre
sus cuartos traseros. Todos rieron porque los gemelos siempre andaban
enseñándole nuevos trucos al viejo perro negro. La madre, preñada de felicidad,
lo acariciaba cuando Rufus escupió una madeja de escorpiones negros en su
regazo y hundió los colmillos en su vientre hasta sacarle las tripas.
¡Veinticinco de diciembre! ¡Veinticincooo de diciembre! gritaron con una sola
voz los gemelos entre carcajadas, a lo que Rufus, con las entrañas colgando del
hocico, contestó con su ancestral y cavernosa voz, fun fun fun.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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