Nadie había entrado allí en años
excepto los gemelos, que lo hacían a escondidas. En el interior Rufus les
esperaba, les susurraba durante horas y antes de que los echaran de menos los
enviaba de vuelta a casa. La nochebuena de 1982 iba a ser especial en muchos
aspectos. La feliz pareja esperaba otro hijo y el padre de la familia sostenía su
copa en alto para anunciar la buena nueva. De improviso, Rufus se irguió sobre
sus cuartos traseros. Todos rieron porque los gemelos siempre andaban
enseñándole nuevos trucos al viejo perro negro. La madre, preñada de felicidad,
lo acariciaba cuando Rufus escupió una madeja de escorpiones negros en su
regazo y hundió los colmillos en su vientre hasta sacarle las tripas.
¡Veinticinco de diciembre! ¡Veinticincooo de diciembre! gritaron con una sola
voz los gemelos entre carcajadas, a lo que Rufus, con las entrañas colgando del
hocico, contestó con su ancestral y cavernosa voz, fun fun fun.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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