Lo último que uno espera
encontrar son dos sombras bajo la lluvia follando en un callejón; una de
aquellas sombras era mi mujer. Regresé a casa desolado y empapado. Ella llegó
horas más tarde, pasó por la ducha y se fue a dormir mientras yo fingía ver
documentales sobre la vida salvaje, sin ver nada en realidad. Me aficioné a
seguirla a escondidas, no fue difícil dar con su refugio y alquilar el piso
contiguo. Al principio les escuchaba con curiosidad, la ruina aplastaba mi
cabeza con sus gritos para finalmente arrollarme con un huracán de placer. Ella
enloquecía, suplicaba por más, le dolía pero le gustaba y a mí me gustaba que
le doliera. Yo mojaba el calzoncillo muy rápido, antes de que se corrieran,
luego quedaba exhausto y palpitante, bañado en la oscuridad del piso vacío,
sonriente, mecido por los ecos del delirio al otro lado del tabique.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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