Lo último que uno espera
encontrar son dos sombras bajo la lluvia follando en un callejón; una de
aquellas sombras era mi mujer. Regresé a casa desolado y empapado. Ella llegó
horas más tarde, pasó por la ducha y se fue a dormir mientras yo fingía ver
documentales sobre la vida salvaje, sin ver nada en realidad. Me aficioné a
seguirla a escondidas, no fue difícil dar con su refugio y alquilar el piso
contiguo. Al principio les escuchaba con curiosidad, la ruina aplastaba mi
cabeza con sus gritos para finalmente arrollarme con un huracán de placer. Ella
enloquecía, suplicaba por más, le dolía pero le gustaba y a mí me gustaba que
le doliera. Yo mojaba el calzoncillo muy rápido, antes de que se corrieran,
luego quedaba exhausto y palpitante, bañado en la oscuridad del piso vacío,
sonriente, mecido por los ecos del delirio al otro lado del tabique.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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