Lo último que uno espera
encontrar son dos sombras bajo la lluvia follando en un callejón; una de
aquellas sombras era mi mujer. Regresé a casa desolado y empapado. Ella llegó
horas más tarde, pasó por la ducha y se fue a dormir mientras yo fingía ver
documentales sobre la vida salvaje, sin ver nada en realidad. Me aficioné a
seguirla a escondidas, no fue difícil dar con su refugio y alquilar el piso
contiguo. Al principio les escuchaba con curiosidad, la ruina aplastaba mi
cabeza con sus gritos para finalmente arrollarme con un huracán de placer. Ella
enloquecía, suplicaba por más, le dolía pero le gustaba y a mí me gustaba que
le doliera. Yo mojaba el calzoncillo muy rápido, antes de que se corrieran,
luego quedaba exhausto y palpitante, bañado en la oscuridad del piso vacío,
sonriente, mecido por los ecos del delirio al otro lado del tabique.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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