No reconoció su imagen reflejada
en los espejos del túnel de la risa, pero todo el mundo era un monstruo al
reflejarse en los espejos curvados. Rusty se apretaba contra la pared y
acechaba en la penumbra. Rusty escuchaba las risas y los tacones y hurgaba
dentro de su pantalón remendado, le gustaba el aroma del perfume barato
mezclándose con el algodón de azúcar. Rusty tapaba sus ojos y farfullaba con
fervor un viejo himno presbiteriano mientras la amarillenta prótesis bailaba
entre sus encías desdentadas, pero luego Rusty los abría, resoplaba y agitaba
la mano con vigor hasta que su sonrisa pintada se convertía en una mueca animal
ahogada en silencio; entonces Rusty caía de rodillas junto a su bocina, los
tickets usados, las colillas y los botellines, mientras los tacones y el eco de
las risas se dirigían hacia la salida hasta perderse en la noche.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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