No reconoció su imagen reflejada
en los espejos del túnel de la risa, pero todo el mundo era un monstruo al
reflejarse en los espejos curvados. Rusty se apretaba contra la pared y
acechaba en la penumbra. Rusty escuchaba las risas y los tacones y hurgaba
dentro de su pantalón remendado, le gustaba el aroma del perfume barato
mezclándose con el algodón de azúcar. Rusty tapaba sus ojos y farfullaba con
fervor un viejo himno presbiteriano mientras la amarillenta prótesis bailaba
entre sus encías desdentadas, pero luego Rusty los abría, resoplaba y agitaba
la mano con vigor hasta que su sonrisa pintada se convertía en una mueca animal
ahogada en silencio; entonces Rusty caía de rodillas junto a su bocina, los
tickets usados, las colillas y los botellines, mientras los tacones y el eco de
las risas se dirigían hacia la salida hasta perderse en la noche.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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