No reconoció su imagen reflejada
en los espejos del túnel de la risa, pero todo el mundo era un monstruo al
reflejarse en los espejos curvados. Rusty se apretaba contra la pared y
acechaba en la penumbra. Rusty escuchaba las risas y los tacones y hurgaba
dentro de su pantalón remendado, le gustaba el aroma del perfume barato
mezclándose con el algodón de azúcar. Rusty tapaba sus ojos y farfullaba con
fervor un viejo himno presbiteriano mientras la amarillenta prótesis bailaba
entre sus encías desdentadas, pero luego Rusty los abría, resoplaba y agitaba
la mano con vigor hasta que su sonrisa pintada se convertía en una mueca animal
ahogada en silencio; entonces Rusty caía de rodillas junto a su bocina, los
tickets usados, las colillas y los botellines, mientras los tacones y el eco de
las risas se dirigían hacia la salida hasta perderse en la noche.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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