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Salven Nuestras Almas


Estamos esperando al hombre mágico. Hace ya meses que acabaron las provisiones y la carne ahumada es como el caucho, difícil de tragar. Henry duerme ahora agotado en su jergón. Enviamos mensajes al continente, pero o no los reciben, o los ignoran, o no queda nadie que los quiera escuchar; puntos, rayas y espacios pulsados hasta la extenuación, y de nuevo el silencio. Henry telegrafía incluso en sueños, pero desconozco a quién o dónde dirige sus mensajes cuando sueña, la expresión de su cara al despertar no es agradable, prefiere callar. Esperamos en esta vieja cabaña grasienta, unidos al continente por miles de kilómetros de cable acorazado y mudo. La ventisca azota las sepulturas de la expedición, limpio el vaho del cristal, bajo la mirada y escucho el sonido del auricular, un zumbido eléctrico y monótono, acaso es la nada, ¿Qué nos ha traído Dios? y todo vuelve a empezar.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.