Estamos esperando al hombre
mágico. Hace ya meses que acabaron las provisiones y la carne ahumada es como
el caucho, difícil de tragar. Henry duerme ahora agotado en su jergón. Enviamos
mensajes al continente, pero o no los reciben, o los ignoran, o no queda nadie
que los quiera escuchar; puntos, rayas y espacios pulsados hasta la
extenuación, y de nuevo el silencio. Henry telegrafía incluso en sueños, pero
desconozco a quién o dónde dirige sus mensajes cuando sueña, la expresión de su
cara al despertar no es agradable, prefiere callar. Esperamos en esta vieja
cabaña grasienta, unidos al continente por miles de kilómetros de cable
acorazado y mudo. La ventisca azota las sepulturas de la expedición, limpio el
vaho del cristal, bajo la mirada y escucho el sonido del auricular, un zumbido
eléctrico y monótono, acaso es la nada, ¿Qué nos ha traído Dios? y todo vuelve a
empezar.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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