Estamos esperando al hombre
mágico. Hace ya meses que acabaron las provisiones y la carne ahumada es como
el caucho, difícil de tragar. Henry duerme ahora agotado en su jergón. Enviamos
mensajes al continente, pero o no los reciben, o los ignoran, o no queda nadie
que los quiera escuchar; puntos, rayas y espacios pulsados hasta la
extenuación, y de nuevo el silencio. Henry telegrafía incluso en sueños, pero
desconozco a quién o dónde dirige sus mensajes cuando sueña, la expresión de su
cara al despertar no es agradable, prefiere callar. Esperamos en esta vieja
cabaña grasienta, unidos al continente por miles de kilómetros de cable
acorazado y mudo. La ventisca azota las sepulturas de la expedición, limpio el
vaho del cristal, bajo la mirada y escucho el sonido del auricular, un zumbido
eléctrico y monótono, acaso es la nada, ¿Qué nos ha traído Dios? y todo vuelve a
empezar.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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