La sala estaba vacía y la casa a
medio vestir; otro camión con más muebles llegaría el jueves. Yukiko cocinaba cuando
reparó en que el buen Sasuke no había reclamado su habitual ración de pescado.
Se apresuró entonces hasta la puerta, que con las prisas de la mudanza había
olvidado cerrar, y salió corriendo hasta el parque. La primavera había llegado.
Los jardines estaban llenos de gentes celebrando el hanami. Buscó a Sasuke
durante un largo rato y no lo encontró. Preguntó desesperada y entre sollozos, buscó y rebuscó,
pero su gato no aparecía. Al regresar a su nueva casa se sintió muy sola y
desdichada. Los cerezos habían florecido y apenas los había mirado. Un
desconocido se presentó por la mañana llevando a Sasuke en brazos. La vieron buscarlo — dijo — pero acabó en mi tienda; después ha insistido en traerme hasta aquí… ¿Ha visto
ya este año las flores de los cerezos?
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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