La sala estaba vacía y la casa a
medio vestir; otro camión con más muebles llegaría el jueves. Yukiko cocinaba cuando
reparó en que el buen Sasuke no había reclamado su habitual ración de pescado.
Se apresuró entonces hasta la puerta, que con las prisas de la mudanza había
olvidado cerrar, y salió corriendo hasta el parque. La primavera había llegado.
Los jardines estaban llenos de gentes celebrando el hanami. Buscó a Sasuke
durante un largo rato y no lo encontró. Preguntó desesperada y entre sollozos, buscó y rebuscó,
pero su gato no aparecía. Al regresar a su nueva casa se sintió muy sola y
desdichada. Los cerezos habían florecido y apenas los había mirado. Un
desconocido se presentó por la mañana llevando a Sasuke en brazos. La vieron buscarlo — dijo — pero acabó en mi tienda; después ha insistido en traerme hasta aquí… ¿Ha visto
ya este año las flores de los cerezos?
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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