La mancha en la moqueta era la
única imperfección en las muy blancas oficinas del Banco Mundial en Ginebra. La
mancha no oscurecía no se resecaba y permanecía inalterable, como recién hecha.
El jefe de todo aquello la veía a diario en el pasillo que daba a su amplio despacho,
en su edificio. La pisaba siempre que podía, aplastándola indistintamente con la
suela de cualquiera de sus dos brillantes y perfectos zapatos de piel natural.
Podría haber ordenado cambiar la moqueta, o toda la planta; el edificio
entero si hubiera querido. Pero el señor presidente disfrutaba aplastándola. Tenía
la creencia de que cada pisotón le arrebataba unas cuantas fibras de suciedad.
Así la estrangulaba bajo su zapato, con adquirido disimulo, parándose ante ella
con cualquier excusa. Pero nunca consiguió borrarla. Aquella mancha en la
moqueta era el único centímetro limpio de un lugar manchado hasta los
cimientos.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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