La mancha en la moqueta era la
única imperfección en las muy blancas oficinas del Banco Mundial en Ginebra. La
mancha no oscurecía no se resecaba y permanecía inalterable, como recién hecha.
El jefe de todo aquello la veía a diario en el pasillo que daba a su amplio despacho,
en su edificio. La pisaba siempre que podía, aplastándola indistintamente con la
suela de cualquiera de sus dos brillantes y perfectos zapatos de piel natural.
Podría haber ordenado cambiar la moqueta, o toda la planta; el edificio
entero si hubiera querido. Pero el señor presidente disfrutaba aplastándola. Tenía
la creencia de que cada pisotón le arrebataba unas cuantas fibras de suciedad.
Así la estrangulaba bajo su zapato, con adquirido disimulo, parándose ante ella
con cualquier excusa. Pero nunca consiguió borrarla. Aquella mancha en la
moqueta era el único centímetro limpio de un lugar manchado hasta los
cimientos.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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