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La mancha en la moqueta era la única imperfección en las muy blancas oficinas del Banco Mundial en Ginebra. La mancha no oscurecía no se resecaba y permanecía inalterable, como recién hecha. El jefe de todo aquello la veía a diario en el pasillo que daba a su amplio despacho, en su edificio. La pisaba siempre que podía, aplastándola indistintamente con la suela de cualquiera de sus dos brillantes y perfectos zapatos de piel natural. Podría haber ordenado cambiar la moqueta, o toda la planta; el edificio entero si hubiera querido. Pero el señor presidente disfrutaba aplastándola. Tenía la creencia de que cada pisotón le arrebataba unas cuantas fibras de suciedad. Así la estrangulaba bajo su zapato, con adquirido disimulo, parándose ante ella con cualquier excusa. Pero nunca consiguió borrarla. Aquella mancha en la moqueta era el único centímetro limpio de un lugar manchado hasta los cimientos.

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Sueños al vacío

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