La mancha en la moqueta era la
única imperfección en las muy blancas oficinas del Banco Mundial en Ginebra. La
mancha no oscurecía no se resecaba y permanecía inalterable, como recién hecha.
El jefe de todo aquello la veía a diario en el pasillo que daba a su amplio despacho,
en su edificio. La pisaba siempre que podía, aplastándola indistintamente con la
suela de cualquiera de sus dos brillantes y perfectos zapatos de piel natural.
Podría haber ordenado cambiar la moqueta, o toda la planta; el edificio
entero si hubiera querido. Pero el señor presidente disfrutaba aplastándola. Tenía
la creencia de que cada pisotón le arrebataba unas cuantas fibras de suciedad.
Así la estrangulaba bajo su zapato, con adquirido disimulo, parándose ante ella
con cualquier excusa. Pero nunca consiguió borrarla. Aquella mancha en la
moqueta era el único centímetro limpio de un lugar manchado hasta los
cimientos.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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