La mancha en la moqueta era la
única imperfección en las muy blancas oficinas del Banco Mundial en Ginebra. La
mancha no oscurecía no se resecaba y permanecía inalterable, como recién hecha.
El jefe de todo aquello la veía a diario en el pasillo que daba a su amplio despacho,
en su edificio. La pisaba siempre que podía, aplastándola indistintamente con la
suela de cualquiera de sus dos brillantes y perfectos zapatos de piel natural.
Podría haber ordenado cambiar la moqueta, o toda la planta; el edificio
entero si hubiera querido. Pero el señor presidente disfrutaba aplastándola. Tenía
la creencia de que cada pisotón le arrebataba unas cuantas fibras de suciedad.
Así la estrangulaba bajo su zapato, con adquirido disimulo, parándose ante ella
con cualquier excusa. Pero nunca consiguió borrarla. Aquella mancha en la
moqueta era el único centímetro limpio de un lugar manchado hasta los
cimientos.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
Comentarios
Publicar un comentario