Al despertar vi al doppelgänger.
Su sombrero descansaba sobre la cama y yo sabía que estaba a punto de
marcharse, esa era su manera de despedirse. La última vez que nos vimos fue en
Macao, al calor de los disturbios de 1949; habían pasado trece años. Encendí un
pitillo y cerré los ojos mientras escuchaba caer el agua de la ducha. Su
perfume había quedado en las sábanas, el mismo de entonces, lo único a lo que
rendía fidelidad. Recordé todos los gobiernos derrocados, las revueltas, los
presidentes y todas las revoluciones. Yo estaba cansado, ya había visto mucho
de lo mismo y era igual en todas partes. El ventilador del techo giraba a media
marcha. Me coloqué su sombrero. Ella salió de la ducha descalza, se puso los
tacones y levantó las solapas de su gabardina, nos veremos en trece años, no
faltes.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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