Al despertar vi al doppelgänger.
Su sombrero descansaba sobre la cama y yo sabía que estaba a punto de
marcharse, esa era su manera de despedirse. La última vez que nos vimos fue en
Macao, al calor de los disturbios de 1949; habían pasado trece años. Encendí un
pitillo y cerré los ojos mientras escuchaba caer el agua de la ducha. Su
perfume había quedado en las sábanas, el mismo de entonces, lo único a lo que
rendía fidelidad. Recordé todos los gobiernos derrocados, las revueltas, los
presidentes y todas las revoluciones. Yo estaba cansado, ya había visto mucho
de lo mismo y era igual en todas partes. El ventilador del techo giraba a media
marcha. Me coloqué su sombrero. Ella salió de la ducha descalza, se puso los
tacones y levantó las solapas de su gabardina, nos veremos en trece años, no
faltes.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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