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Sombrero Panamá


Al despertar vi al doppelgänger. Su sombrero descansaba sobre la cama y yo sabía que estaba a punto de marcharse, esa era su manera de despedirse. La última vez que nos vimos fue en Macao, al calor de los disturbios de 1949; habían pasado trece años. Encendí un pitillo y cerré los ojos mientras escuchaba caer el agua de la ducha. Su perfume había quedado en las sábanas, el mismo de entonces, lo único a lo que rendía fidelidad. Recordé todos los gobiernos derrocados, las revueltas, los presidentes y todas las revoluciones. Yo estaba cansado, ya había visto mucho de lo mismo y era igual en todas partes. El ventilador del techo giraba a media marcha. Me coloqué su sombrero. Ella salió de la ducha descalza, se puso los tacones y levantó las solapas de su gabardina, nos veremos en trece años, no faltes.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.