Al despertar vi al doppelgänger.
Su sombrero descansaba sobre la cama y yo sabía que estaba a punto de
marcharse, esa era su manera de despedirse. La última vez que nos vimos fue en
Macao, al calor de los disturbios de 1949; habían pasado trece años. Encendí un
pitillo y cerré los ojos mientras escuchaba caer el agua de la ducha. Su
perfume había quedado en las sábanas, el mismo de entonces, lo único a lo que
rendía fidelidad. Recordé todos los gobiernos derrocados, las revueltas, los
presidentes y todas las revoluciones. Yo estaba cansado, ya había visto mucho
de lo mismo y era igual en todas partes. El ventilador del techo giraba a media
marcha. Me coloqué su sombrero. Ella salió de la ducha descalza, se puso los
tacones y levantó las solapas de su gabardina, nos veremos en trece años, no
faltes.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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