Tenía algo en la cabeza: era la
rutina y un piano desafinado. La cascada de notas resonaba con brío en el
interior de la noble madera hasta desmoronarse al llegar a la fuga. Entonces la
música se interrumpía bruscamente. Durante esos silencios escuchaba los pájaros
del bosque cercano y también el eco de los trabajos diarios; pero tras echar un
vistazo a los papeles, apático, desplegaba de nuevo sus dedos sobre el teclado. Los pequeños martillos golpeaban mecánicamente las cuerdas del
brillante Bösendorfer de cola negro sobre el que reposaba la gorra con la
calavera y los huesos bordados. Y así, día tras día, mientras la ceniza descendía
mansamente igual que la nieve primeriza, un pliego de folios, repleto de nombres
mecanografiados, esperaba ser firmado entre la partitura de la suite inglesa.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
Comentarios
Publicar un comentario