Tenía algo en la cabeza: era la
rutina y un piano desafinado. La cascada de notas resonaba con brío en el
interior de la noble madera hasta desmoronarse al llegar a la fuga. Entonces la
música se interrumpía bruscamente. Durante esos silencios escuchaba los pájaros
del bosque cercano y también el eco de los trabajos diarios; pero tras echar un
vistazo a los papeles, apático, desplegaba de nuevo sus dedos sobre el teclado. Los pequeños martillos golpeaban mecánicamente las cuerdas del
brillante Bösendorfer de cola negro sobre el que reposaba la gorra con la
calavera y los huesos bordados. Y así, día tras día, mientras la ceniza descendía
mansamente igual que la nieve primeriza, un pliego de folios, repleto de nombres
mecanografiados, esperaba ser firmado entre la partitura de la suite inglesa.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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