Tenía algo en la cabeza: era la
rutina y un piano desafinado. La cascada de notas resonaba con brío en el
interior de la noble madera hasta desmoronarse al llegar a la fuga. Entonces la
música se interrumpía bruscamente. Durante esos silencios escuchaba los pájaros
del bosque cercano y también el eco de los trabajos diarios; pero tras echar un
vistazo a los papeles, apático, desplegaba de nuevo sus dedos sobre el teclado. Los pequeños martillos golpeaban mecánicamente las cuerdas del
brillante Bösendorfer de cola negro sobre el que reposaba la gorra con la
calavera y los huesos bordados. Y así, día tras día, mientras la ceniza descendía
mansamente igual que la nieve primeriza, un pliego de folios, repleto de nombres
mecanografiados, esperaba ser firmado entre la partitura de la suite inglesa.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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