Nadie se había dado cuenta que
una mujer, Milena Jelinek, manejaba el Teatro Negro de Praga. Allí, a oscuras, un
animoso grupo de turistas contemplaba entre cuchicheos la ceremonia de luces y
sombras. Veían algo, pero ninguno la misma cosa; y cualquiera habría jurado que
la propia escena flotaba fuera del tiempo, porque ellos mismos también flotaban.
Milena pateó su baúl y siete marionetas salieron volando. Eran siete pequeños
esqueletos con siete espadines. Saltaron de cabeza en cabeza: cortaron,
pincharon, y rajaron. La gran sombra fue llenándose de peces azules y amarillos,
algas luminiscentes, turistas, dedos, orejas y lenguas. Todo flotaba en la
negrura, como en una sopa macabra. Hasta que Milena encendió las luces y los
turistas salieron del trance. Palparon sus manos; buscaron también sus orejas,
que estaban donde siempre. Qué alivio. Había sido una ilusión. Un engaño. Pero sin
embargo, cuando intentaron hablar…
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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