Nadie se había dado cuenta que
una mujer, Milena Jelinek, manejaba el Teatro Negro de Praga. Allí, a oscuras, un
animoso grupo de turistas contemplaba entre cuchicheos la ceremonia de luces y
sombras. Veían algo, pero ninguno la misma cosa; y cualquiera habría jurado que
la propia escena flotaba fuera del tiempo, porque ellos mismos también flotaban.
Milena pateó su baúl y siete marionetas salieron volando. Eran siete pequeños
esqueletos con siete espadines. Saltaron de cabeza en cabeza: cortaron,
pincharon, y rajaron. La gran sombra fue llenándose de peces azules y amarillos,
algas luminiscentes, turistas, dedos, orejas y lenguas. Todo flotaba en la
negrura, como en una sopa macabra. Hasta que Milena encendió las luces y los
turistas salieron del trance. Palparon sus manos; buscaron también sus orejas,
que estaban donde siempre. Qué alivio. Había sido una ilusión. Un engaño. Pero sin
embargo, cuando intentaron hablar…
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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