La cantante de ópera está apoyada
en la barandilla de la cubierta superior del Titanic. Se dirige a Nueva York.
En el Metropolitan las entradas se agotaron hace meses. Dos noches y una
cantidad indecente de dinero para escuchar a la diva del imperio, que se
acomoda dentro de su abrigo de pieles blanco mientras mira con desgana el
horizonte y escucha el rumor del oleaje lamer el impenetrable casco del
transatlántico. El mar no acaba nunca. La noche es fría y estrellada. Todo está
en calma. Cuatro cubiertas por debajo los piojos duermen cobijados entre la
mugre. En Nueva York la filarmónica afina sus instrumentos. La diva saca un
cigarrillo de su pitillera de oro, lo enciende y el humo se pierde en la
inmensidad. Pero nada se pierde. Todo retorna bajo otra apariencia. Su vida
discurre igual que una placa de hielo flotando a la deriva.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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