La cantante de ópera está apoyada
en la barandilla de la cubierta superior del Titanic. Se dirige a Nueva York.
En el Metropolitan las entradas se agotaron hace meses. Dos noches y una
cantidad indecente de dinero para escuchar a la diva del imperio, que se
acomoda dentro de su abrigo de pieles blanco mientras mira con desgana el
horizonte y escucha el rumor del oleaje lamer el impenetrable casco del
transatlántico. El mar no acaba nunca. La noche es fría y estrellada. Todo está
en calma. Cuatro cubiertas por debajo los piojos duermen cobijados entre la
mugre. En Nueva York la filarmónica afina sus instrumentos. La diva saca un
cigarrillo de su pitillera de oro, lo enciende y el humo se pierde en la
inmensidad. Pero nada se pierde. Todo retorna bajo otra apariencia. Su vida
discurre igual que una placa de hielo flotando a la deriva.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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