La cantante de ópera está apoyada
en la barandilla de la cubierta superior del Titanic. Se dirige a Nueva York.
En el Metropolitan las entradas se agotaron hace meses. Dos noches y una
cantidad indecente de dinero para escuchar a la diva del imperio, que se
acomoda dentro de su abrigo de pieles blanco mientras mira con desgana el
horizonte y escucha el rumor del oleaje lamer el impenetrable casco del
transatlántico. El mar no acaba nunca. La noche es fría y estrellada. Todo está
en calma. Cuatro cubiertas por debajo los piojos duermen cobijados entre la
mugre. En Nueva York la filarmónica afina sus instrumentos. La diva saca un
cigarrillo de su pitillera de oro, lo enciende y el humo se pierde en la
inmensidad. Pero nada se pierde. Todo retorna bajo otra apariencia. Su vida
discurre igual que una placa de hielo flotando a la deriva.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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