La cantante de ópera está apoyada
en la barandilla de la cubierta superior del Titanic. Se dirige a Nueva York.
En el Metropolitan las entradas se agotaron hace meses. Dos noches y una
cantidad indecente de dinero para escuchar a la diva del imperio, que se
acomoda dentro de su abrigo de pieles blanco mientras mira con desgana el
horizonte y escucha el rumor del oleaje lamer el impenetrable casco del
transatlántico. El mar no acaba nunca. La noche es fría y estrellada. Todo está
en calma. Cuatro cubiertas por debajo los piojos duermen cobijados entre la
mugre. En Nueva York la filarmónica afina sus instrumentos. La diva saca un
cigarrillo de su pitillera de oro, lo enciende y el humo se pierde en la
inmensidad. Pero nada se pierde. Todo retorna bajo otra apariencia. Su vida
discurre igual que una placa de hielo flotando a la deriva.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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