Dos huevos duros utilizaban las
vietnamitas para aprender a controlar los músculos dentro de su coño. Pasado el
tiempo, cuando conseguían moverlos a voluntad, utilizaban huevos con cáscara.
Esa era explicación a que algunas de ellas fumaran los Marlboro con el coño; también
era la explicación a los masajes que las hacían famosas en la tropa. Un polvo
Thai. La mayoría eran zorras del Viet Cong que aprovechaban sus habilidades
para meterse cristales y cuchillas hábilmente clavados en un corcho. Lo menos
malo que te podía suceder cuando les metías la polla era que te infectaran con
alguna mierda venérea; al día siguiente la polla te ardía como el fuego y meabas
napalm. Lo peor, bueno, te lo puedes imaginar; la polla rebanada en dos lonchas,
una cicatriz muy fea y una mutilación difícil de explicar a la fiel novia en
Kansas, suponiendo que consiguieras regresar con vida a Kansas.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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