Dos huevos duros utilizaban las
vietnamitas para aprender a controlar los músculos dentro de su coño. Pasado el
tiempo, cuando conseguían moverlos a voluntad, utilizaban huevos con cáscara.
Esa era explicación a que algunas de ellas fumaran los Marlboro con el coño; también
era la explicación a los masajes que las hacían famosas en la tropa. Un polvo
Thai. La mayoría eran zorras del Viet Cong que aprovechaban sus habilidades
para meterse cristales y cuchillas hábilmente clavados en un corcho. Lo menos
malo que te podía suceder cuando les metías la polla era que te infectaran con
alguna mierda venérea; al día siguiente la polla te ardía como el fuego y meabas
napalm. Lo peor, bueno, te lo puedes imaginar; la polla rebanada en dos lonchas,
una cicatriz muy fea y una mutilación difícil de explicar a la fiel novia en
Kansas, suponiendo que consiguieras regresar con vida a Kansas.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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