Dos huevos duros utilizaban las
vietnamitas para aprender a controlar los músculos dentro de su coño. Pasado el
tiempo, cuando conseguían moverlos a voluntad, utilizaban huevos con cáscara.
Esa era explicación a que algunas de ellas fumaran los Marlboro con el coño; también
era la explicación a los masajes que las hacían famosas en la tropa. Un polvo
Thai. La mayoría eran zorras del Viet Cong que aprovechaban sus habilidades
para meterse cristales y cuchillas hábilmente clavados en un corcho. Lo menos
malo que te podía suceder cuando les metías la polla era que te infectaran con
alguna mierda venérea; al día siguiente la polla te ardía como el fuego y meabas
napalm. Lo peor, bueno, te lo puedes imaginar; la polla rebanada en dos lonchas,
una cicatriz muy fea y una mutilación difícil de explicar a la fiel novia en
Kansas, suponiendo que consiguieras regresar con vida a Kansas.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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