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Transfusión

Abrió la caja y dijo: “Aquí tenemos su nueva alma”. Todos los presentes se acercaron con precaución y asomaron sus mostachos canosos. En su interior apenas si podía verse una minúscula hebra de vapor a punto de deshacerse. Llevaron la caja a toda prisa hasta el lecho del acaudalado y viejo carcamal Gordon Plymouth III, que agonizaba sin remedio. Le acercaron la caja despacio hasta sus resecos labios febriles. El tembloroso anciano sorbió aquella hebra de vapor como si de una sopa se tratara. Al instante sus ojos se inyectaron de brillo, las profundas grietas de su piel cuarteada desaparecieron y un vigor inusitado recorrió todos sus miembros. Mientras tanto, en la planta baja y en un oscuro rincón de la exquisita biblioteca eduardiana, una pordiosera se desangraba entre el brillo de los escalpelos y los bisturíes con el vientre abierto en canal mientras acunaba un feto sin vida.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.