Abrió la caja y dijo: “Aquí tenemos su nueva alma”. Todos los presentes se acercaron
con precaución y asomaron sus mostachos canosos. En su interior apenas si podía
verse una minúscula hebra de vapor a punto de deshacerse. Llevaron la caja a
toda prisa hasta el lecho del acaudalado y viejo carcamal Gordon Plymouth III,
que agonizaba sin remedio. Le acercaron la caja despacio hasta sus resecos
labios febriles. El tembloroso anciano sorbió aquella hebra de vapor como si de
una sopa se tratara. Al instante sus ojos se inyectaron de brillo, las
profundas grietas de su piel cuarteada desaparecieron y un vigor inusitado
recorrió todos sus miembros. Mientras tanto, en la planta baja y en un oscuro
rincón de la exquisita biblioteca eduardiana, una pordiosera se desangraba
entre el brillo de los escalpelos y los bisturíes con el vientre abierto en
canal mientras acunaba un feto sin vida.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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