Abrió la caja y dijo: “Aquí tenemos su nueva alma”. Todos los presentes se acercaron
con precaución y asomaron sus mostachos canosos. En su interior apenas si podía
verse una minúscula hebra de vapor a punto de deshacerse. Llevaron la caja a
toda prisa hasta el lecho del acaudalado y viejo carcamal Gordon Plymouth III,
que agonizaba sin remedio. Le acercaron la caja despacio hasta sus resecos
labios febriles. El tembloroso anciano sorbió aquella hebra de vapor como si de
una sopa se tratara. Al instante sus ojos se inyectaron de brillo, las
profundas grietas de su piel cuarteada desaparecieron y un vigor inusitado
recorrió todos sus miembros. Mientras tanto, en la planta baja y en un oscuro
rincón de la exquisita biblioteca eduardiana, una pordiosera se desangraba
entre el brillo de los escalpelos y los bisturíes con el vientre abierto en
canal mientras acunaba un feto sin vida.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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