Abrió la caja y dijo: “Aquí tenemos su nueva alma”. Todos los presentes se acercaron
con precaución y asomaron sus mostachos canosos. En su interior apenas si podía
verse una minúscula hebra de vapor a punto de deshacerse. Llevaron la caja a
toda prisa hasta el lecho del acaudalado y viejo carcamal Gordon Plymouth III,
que agonizaba sin remedio. Le acercaron la caja despacio hasta sus resecos
labios febriles. El tembloroso anciano sorbió aquella hebra de vapor como si de
una sopa se tratara. Al instante sus ojos se inyectaron de brillo, las
profundas grietas de su piel cuarteada desaparecieron y un vigor inusitado
recorrió todos sus miembros. Mientras tanto, en la planta baja y en un oscuro
rincón de la exquisita biblioteca eduardiana, una pordiosera se desangraba
entre el brillo de los escalpelos y los bisturíes con el vientre abierto en
canal mientras acunaba un feto sin vida.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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