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Túneles intermitentes

Ella es modelo, pero en el orfanato era la más fea, la más hija de puta y la que tenía las piernas más largas. No había castigo, por severo que fuera, que pudiera doblegar su maldad. Por la noche la encerraban sin cenar en un cuarto oscuro; a la mañana salía sonriente levantando el dedo, jodeos. Lo dejó atrás al cumplir los dieciocho; la noticia allí fue una bendición.
Ya convertida en mujer, apuró todos los excesos que su belleza le proporcionaba. Era tan fácil que resultaba injusto. Recorrió esos años a toda velocidad, como un bólido hecho para el placer, despreciando cualquier destino que no fuera extinguirse con una llamarada. Así lo hizo. Estrelló su deportivo en los Alpes, la bola de fuego y chatarra recorrió el túnel chocando contra los muros hasta que se detuvo por completo. Y regresó al orfanato. Ahora los oscuros pasillos de la residencia son pasarelas donde unos afilados tacones marcan el paso de sus piernas carbonizadas. Jodeos, cabrones.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.