Un golpe de viento alborota los
papeles, porque a pesar de todo sigue habiendo papeles que suben bajan y se
persiguen en los rincones. Queda todavía algo de rebeldía entre la mercancía
barata de los días que pasan, aunque la sorpresa siga vendiéndose cara. Un
golpe de viento hace que nombres y lugares se mezclen en una baraja de
posibilidades. Con un golpe de suerte, bolsas papeles y envoltorios pueden
ganar la jugada. Su juego es sencillo. El viento los levanta y se los lleva lejos,
dejando atrás el lugar donde ya nadie los quiere. Sin un golpe de viento los
que quedan se desinflan, pierden trozos de colores algunas letras y números, colman
las papeleras y vagabundean a ras de suelo. La suerte levanta más expectativas
que el viento, aunque no hace tanto ruido.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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