Un golpe de viento alborota los
papeles, porque a pesar de todo sigue habiendo papeles que suben bajan y se
persiguen en los rincones. Queda todavía algo de rebeldía entre la mercancía
barata de los días que pasan, aunque la sorpresa siga vendiéndose cara. Un
golpe de viento hace que nombres y lugares se mezclen en una baraja de
posibilidades. Con un golpe de suerte, bolsas papeles y envoltorios pueden
ganar la jugada. Su juego es sencillo. El viento los levanta y se los lleva lejos,
dejando atrás el lugar donde ya nadie los quiere. Sin un golpe de viento los
que quedan se desinflan, pierden trozos de colores algunas letras y números, colman
las papeleras y vagabundean a ras de suelo. La suerte levanta más expectativas
que el viento, aunque no hace tanto ruido.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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