Estaba esperando en un rincón,
varios metros por debajo del asfalto, en la penumbra de los tenebrosos túneles
del alcantarillado. La pequeña salvaje se cubría únicamente con un largo jersey
de cuello vuelto raído y sucio. Solía mirar por una rejilla los anuncios
luminosos de la capital, y los días lluviosos suspiraba con los paraguas de
colores. Era temida por las ratas que chillaban inquietas hasta que ella
terminaba de saciar su apetito. Después se dormía con el eco de las corrientes
subterráneas y soñaba que se lanzaba con ferocidad sobre mendigos y vagabundos;
pero uno de ellos, señor Grasa, la obligaba a retroceder. Ella gruñía y lanzaba
dentelladas, corría por laberínticas cloacas y galerías hasta que era
arrinconada contra un sumidero. Al despertarse husmeaba entre basuras y
desperdicios que atesoraba en su rincón, entonces desplegaba las endebles
varillas de un maltrecho paraguas y escuchaba el lento gotear del tiempo.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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