Estaba esperando en un rincón,
varios metros por debajo del asfalto, en la penumbra de los tenebrosos túneles
del alcantarillado. La pequeña salvaje se cubría únicamente con un largo jersey
de cuello vuelto raído y sucio. Solía mirar por una rejilla los anuncios
luminosos de la capital, y los días lluviosos suspiraba con los paraguas de
colores. Era temida por las ratas que chillaban inquietas hasta que ella
terminaba de saciar su apetito. Después se dormía con el eco de las corrientes
subterráneas y soñaba que se lanzaba con ferocidad sobre mendigos y vagabundos;
pero uno de ellos, señor Grasa, la obligaba a retroceder. Ella gruñía y lanzaba
dentelladas, corría por laberínticas cloacas y galerías hasta que era
arrinconada contra un sumidero. Al despertarse husmeaba entre basuras y
desperdicios que atesoraba en su rincón, entonces desplegaba las endebles
varillas de un maltrecho paraguas y escuchaba el lento gotear del tiempo.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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