Estaba esperando en un rincón,
varios metros por debajo del asfalto, en la penumbra de los tenebrosos túneles
del alcantarillado. La pequeña salvaje se cubría únicamente con un largo jersey
de cuello vuelto raído y sucio. Solía mirar por una rejilla los anuncios
luminosos de la capital, y los días lluviosos suspiraba con los paraguas de
colores. Era temida por las ratas que chillaban inquietas hasta que ella
terminaba de saciar su apetito. Después se dormía con el eco de las corrientes
subterráneas y soñaba que se lanzaba con ferocidad sobre mendigos y vagabundos;
pero uno de ellos, señor Grasa, la obligaba a retroceder. Ella gruñía y lanzaba
dentelladas, corría por laberínticas cloacas y galerías hasta que era
arrinconada contra un sumidero. Al despertarse husmeaba entre basuras y
desperdicios que atesoraba en su rincón, entonces desplegaba las endebles
varillas de un maltrecho paraguas y escuchaba el lento gotear del tiempo.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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