Ya que tenía que empezar por
algún sitio, empezó por los pies. El aire soplaba en la polvorienta llanura, la
lona de la carpa se inflaba y desinflaba y la ropa volaba sin dueño fuera del
tendedero. Quitó el polvo y la tierra de los pequeños pies desnudos, los enjugó
con un trapo, los bendijo y los besó. Tras la espalda del predicador la
tormenta avanzaba. El cielo se tocaba con la tierra haciendo saltar chispas y
formando remolinos eléctricos, hasta que se desgarró como una vieja tela muy
usada. El niño balanceaba los pies sentado en su taburete. Llovía con gran
ruido, ruedas, dentaduras postizas, fotografías, zapatos de domingo, retratos,
sombreros, botellines y gramófonos se estrellaban contra el suelo. Pronto les
llegó un caudal de objetos que avanzaban en desorden. El predicador rescató un
pequeño caballo de madera del arroyo. Está lloviendo tiempo, pensó, mientras el
niño le sonreía.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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