Ya que tenía que empezar por
algún sitio, empezó por los pies. El aire soplaba en la polvorienta llanura, la
lona de la carpa se inflaba y desinflaba y la ropa volaba sin dueño fuera del
tendedero. Quitó el polvo y la tierra de los pequeños pies desnudos, los enjugó
con un trapo, los bendijo y los besó. Tras la espalda del predicador la
tormenta avanzaba. El cielo se tocaba con la tierra haciendo saltar chispas y
formando remolinos eléctricos, hasta que se desgarró como una vieja tela muy
usada. El niño balanceaba los pies sentado en su taburete. Llovía con gran
ruido, ruedas, dentaduras postizas, fotografías, zapatos de domingo, retratos,
sombreros, botellines y gramófonos se estrellaban contra el suelo. Pronto les
llegó un caudal de objetos que avanzaban en desorden. El predicador rescató un
pequeño caballo de madera del arroyo. Está lloviendo tiempo, pensó, mientras el
niño le sonreía.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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