Ya que tenía que empezar por
algún sitio, empezó por los pies. El aire soplaba en la polvorienta llanura, la
lona de la carpa se inflaba y desinflaba y la ropa volaba sin dueño fuera del
tendedero. Quitó el polvo y la tierra de los pequeños pies desnudos, los enjugó
con un trapo, los bendijo y los besó. Tras la espalda del predicador la
tormenta avanzaba. El cielo se tocaba con la tierra haciendo saltar chispas y
formando remolinos eléctricos, hasta que se desgarró como una vieja tela muy
usada. El niño balanceaba los pies sentado en su taburete. Llovía con gran
ruido, ruedas, dentaduras postizas, fotografías, zapatos de domingo, retratos,
sombreros, botellines y gramófonos se estrellaban contra el suelo. Pronto les
llegó un caudal de objetos que avanzaban en desorden. El predicador rescató un
pequeño caballo de madera del arroyo. Está lloviendo tiempo, pensó, mientras el
niño le sonreía.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
Comentarios
Publicar un comentario