Ya que tenía que empezar por
algún sitio, empezó por los pies. El aire soplaba en la polvorienta llanura, la
lona de la carpa se inflaba y desinflaba y la ropa volaba sin dueño fuera del
tendedero. Quitó el polvo y la tierra de los pequeños pies desnudos, los enjugó
con un trapo, los bendijo y los besó. Tras la espalda del predicador la
tormenta avanzaba. El cielo se tocaba con la tierra haciendo saltar chispas y
formando remolinos eléctricos, hasta que se desgarró como una vieja tela muy
usada. El niño balanceaba los pies sentado en su taburete. Llovía con gran
ruido, ruedas, dentaduras postizas, fotografías, zapatos de domingo, retratos,
sombreros, botellines y gramófonos se estrellaban contra el suelo. Pronto les
llegó un caudal de objetos que avanzaban en desorden. El predicador rescató un
pequeño caballo de madera del arroyo. Está lloviendo tiempo, pensó, mientras el
niño le sonreía.
Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.
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