Contempló malhumorada el armario,
no podía abrirlo. Bajó entonces al oscuro sótano lleno de grandes y vigorosas raíces.
No encontró herramientas; claro, nunca las había comprado. Tampoco había
comprado nunca aquel armario, pero allí estaba. Alguien había debido arrastrarlo
hasta allí aprovechando su ausencia. Ignorante de su contenido acercó la oreja
a la puerta maciza, también intentó moverlo, pero nada. Eran las tantas cuando el
sueño la venció, y seguía contemplándolo. Por la mañana la despertó el
dolor de espalda, una mala postura, como de costumbre. No podía estirar las piernas, y estaba oscuro. Intentó hablar, pero no había voz, no había sonido, no
podía moverse, estaba en un agujero, en el fondo de una caja; en un armario que
era imposible abrir.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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