Contempló malhumorada el armario,
no podía abrirlo. Bajó entonces al oscuro sótano lleno de grandes y vigorosas raíces.
No encontró herramientas; claro, nunca las había comprado. Tampoco había
comprado nunca aquel armario, pero allí estaba. Alguien había debido arrastrarlo
hasta allí aprovechando su ausencia. Ignorante de su contenido acercó la oreja
a la puerta maciza, también intentó moverlo, pero nada. Eran las tantas cuando el
sueño la venció, y seguía contemplándolo. Por la mañana la despertó el
dolor de espalda, una mala postura, como de costumbre. No podía estirar las piernas, y estaba oscuro. Intentó hablar, pero no había voz, no había sonido, no
podía moverse, estaba en un agujero, en el fondo de una caja; en un armario que
era imposible abrir.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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