Allí dentro había alguien más. No
era una impresión volátil, lo sentía de verdad. Era muy posible que el divorcio le
estuviera afectando. Se había vuelto huraño y desconfiado, vivía entre
penumbras y no dejaba entrar a nadie en la casa. Si afinaba el oído escuchaba una pequeña respiración que le
desquiciaba los nervios, de por sí aguzados por el insomnio; sonaba como un bebé cargado de flemas; y aunque solucionó el
problema con unos tapones para dormir, aquello, lo que fuera, continuó
respirando, cuajándose de vida junto a sus desvelos. Llegó el día en que lo
despertó una tos ronca. Miró primero bajo cama, por un renovado temor infantil.
Además de basurillas encontró una madeja de pelos y esputos; un cuerpo adulto,
enteramente formado por pelusas de ombligo y que luchaba por parecerse a
su exmujer. Quiso estar soñando, echar para atrás el tiempo, pero unas manos deshilachadas se deslizaban ya bajo su ropa.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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