Allí dentro había alguien más. No
era una impresión volátil, lo sentía de verdad. Era muy posible que el divorcio le
estuviera afectando. Se había vuelto huraño y desconfiado, vivía entre
penumbras y no dejaba entrar a nadie en la casa. Si afinaba el oído escuchaba una pequeña respiración que le
desquiciaba los nervios, de por sí aguzados por el insomnio; sonaba como un bebé cargado de flemas; y aunque solucionó el
problema con unos tapones para dormir, aquello, lo que fuera, continuó
respirando, cuajándose de vida junto a sus desvelos. Llegó el día en que lo
despertó una tos ronca. Miró primero bajo cama, por un renovado temor infantil.
Además de basurillas encontró una madeja de pelos y esputos; un cuerpo adulto,
enteramente formado por pelusas de ombligo y que luchaba por parecerse a
su exmujer. Quiso estar soñando, echar para atrás el tiempo, pero unas manos deshilachadas se deslizaban ya bajo su ropa.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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