Allí dentro había alguien más. No
era una impresión volátil, lo sentía de verdad. Era muy posible que el divorcio le
estuviera afectando. Se había vuelto huraño y desconfiado, vivía entre
penumbras y no dejaba entrar a nadie en la casa. Si afinaba el oído escuchaba una pequeña respiración que le
desquiciaba los nervios, de por sí aguzados por el insomnio; sonaba como un bebé cargado de flemas; y aunque solucionó el
problema con unos tapones para dormir, aquello, lo que fuera, continuó
respirando, cuajándose de vida junto a sus desvelos. Llegó el día en que lo
despertó una tos ronca. Miró primero bajo cama, por un renovado temor infantil.
Además de basurillas encontró una madeja de pelos y esputos; un cuerpo adulto,
enteramente formado por pelusas de ombligo y que luchaba por parecerse a
su exmujer. Quiso estar soñando, echar para atrás el tiempo, pero unas manos deshilachadas se deslizaban ya bajo su ropa.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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