Una noche la bibliotecaria se
despertó, levantó un extremo de la cortina y vio que la marea había subido
hasta inundar los bloques de apartamentos de siete alturas. Aunque solitaria, Chio
era una mujer de afilada belleza. De su espalda sobresalía una deformación, una
joroba que no permitía ver a nadie y que hostigaba con un rascador cuando se
ponía nerviosa. Ante su vista cansada pasaron automóviles mecidos por la
corriente, plásticos que devenían en figuras espectrales, y libros; un séquito
de libros al azar, abiertos como mariposas y que acompañaban el errático
deambular de los cadáveres que flotaban sin rumbo. Una ballena gris, que se lamentaba por las calles de la ciudad sumergida, fue a detenerse junto a la ventana. Permaneció observando a Chio con su enorme y abultado ojo, hasta que ella,
avergonzada, se ocultó tras la cortina. La ballena se retiró lentamente,
haciendo vibrar las profundidades oceánicas con aquellas palabras de Chio: «Menos
mi recuerdo por ti, todo ha cambiado».
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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