Una noche la bibliotecaria se
despertó, levantó un extremo de la cortina y vio que la marea había subido
hasta inundar los bloques de apartamentos de siete alturas. Aunque solitaria, Chio
era una mujer de afilada belleza. De su espalda sobresalía una deformación, una
joroba que no permitía ver a nadie y que hostigaba con un rascador cuando se
ponía nerviosa. Ante su vista cansada pasaron automóviles mecidos por la
corriente, plásticos que devenían en figuras espectrales, y libros; un séquito
de libros al azar, abiertos como mariposas y que acompañaban el errático
deambular de los cadáveres que flotaban sin rumbo. Una ballena gris, que se lamentaba por las calles de la ciudad sumergida, fue a detenerse junto a la ventana. Permaneció observando a Chio con su enorme y abultado ojo, hasta que ella,
avergonzada, se ocultó tras la cortina. La ballena se retiró lentamente,
haciendo vibrar las profundidades oceánicas con aquellas palabras de Chio: «Menos
mi recuerdo por ti, todo ha cambiado».
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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