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Jorobada y gris


Una noche la bibliotecaria se despertó, levantó un extremo de la cortina y vio que la marea había subido hasta inundar los bloques de apartamentos de siete alturas. Aunque solitaria, Chio era una mujer de afilada belleza. De su espalda sobresalía una deformación, una joroba que no permitía ver a nadie y que hostigaba con un rascador cuando se ponía nerviosa. Ante su vista cansada pasaron automóviles mecidos por la corriente, plásticos que devenían en figuras espectrales, y libros; un séquito de libros al azar, abiertos como mariposas y que acompañaban el errático deambular de los cadáveres que flotaban sin rumbo. Una ballena gris, que se lamentaba por las calles de la ciudad sumergida, fue a detenerse junto a la ventana. Permaneció observando a Chio con su enorme y abultado ojo, hasta que ella, avergonzada, se ocultó tras la cortina. La ballena se retiró lentamente, haciendo vibrar las profundidades oceánicas con aquellas palabras de Chio: «Menos mi recuerdo por ti, todo ha cambiado».

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Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.