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Kimi


Los acontecimientos precipitaron una crisis incipiente y en poco tiempo los cafés de los hoteles se llenaron de emisarios. Muchos de ellos fueron rápidamente desenmascarados por lucir extravagantes chisteras, pero uno, el más modesto, logró entregar su mensaje, traído desde Polonia en un tubito de fieltro.
«¡Encuentre al poeta cuántico!, Palacio truncado, Nocturnalia 15». Cuando lo hubo leído, Kimi, el apuesto espía siamés, prendió un cigarrillo y el humo moldeó una mano voluptuosa que lo guió hasta un jardín enrejado, allí desaguaba una espiral de música y sombras. Entró en la propiedad de un salto, sin que nadie lo impidiera. Durante años deambuló por la mansión, que era inabarcable. Abría puertas y subía escaleras. Ecos y libélulas rozaban la punta de sus orejas. Para cuando el final vino a llevárselo estaba ciego y desorientado, completamente perdido. Nunca encontró al poeta cuántico, pero le pareció escucharlo en cada salón vacío.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.