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La certeza de un adiós

¿Alguna vez te enamoraste…?, pregunta Kumiko a la figura que de sí misma aparece duplicada en un espejo de la estación; la imagen, que durante unos segundos queda pensativa, mete la mano en su chaqueta, tropezando con una libreta de cuyas páginas sobresale algo que permanece allí colocado para destacar un hecho importante: 1989, ocho de abril, estación de Shinagawa; durante la espera interminable, Kumiko, sentada sobre las maletas, se ha mantenido ocupada disparando su máquina Polaroid contra los espejos, pero el último tren bala partió hace horas y en las instantáneas su pálido reflejo se multiplica dentro del vestíbulo acristalado; de entre todas las fotografías escoge una, la que guardará en la libreta de su bolsillo, en ella anotará una fecha, pero antes de quedar eternamente confinada en el laberinto de espejos, estrujará en su puño los dos billetes de tren que ya no conducirán a lugar alguno.

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La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Hombre bala

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