¿Alguna vez te enamoraste…?, pregunta Kumiko a la figura que de sí misma aparece duplicada en un espejo de la estación; la imagen, que durante unos segundos queda pensativa, mete la mano en su chaqueta, tropezando con una libreta de cuyas páginas sobresale algo que permanece allí colocado para destacar un hecho importante: 1989, ocho de abril, estación de Shinagawa; durante la espera interminable, Kumiko, sentada sobre las maletas, se ha mantenido ocupada disparando su máquina Polaroid contra los espejos, pero el último tren bala partió hace horas y en las instantáneas su pálido reflejo se multiplica dentro del vestíbulo acristalado; de entre todas las fotografías escoge una, la que guardará en la libreta de su bolsillo, en ella anotará una fecha, pero antes de quedar eternamente confinada en el laberinto de espejos, estrujará en su puño los dos billetes de tren que ya no conducirán a lugar alguno.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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