Ir al contenido principal

Donde crecen las amapolas


Más tonto que Kostia no lo había; quizá más allá de la linde, pero no entre ellos. No sirvo para maquinar en la cúpula —decía Kostia enfundado en el rasposo saco de lana—, no sirvo para el molino, las bestias me inspiran piedad y los hombres caballo me desprecian; soy el más tonto de este lugar. Kostia, y qué te dicen los ababoles. Que salte la linde, hermana. Pues entonces, debes saltarla.
Por la mañana, Oksana llevó ante el ídolo dos conejos y un atado de rábanos. Luego acudió donde la cúpula. Tras maquinar las horas regladas, le apeteció visitar el campito de amapolas donde Kostia ensoñaba. Se acercó hasta la linde sabiendo que su hermano ya la había saltado. Vetustos maderos la jalonaban; en uno, con mucho trabajo y un tosco filo, habían grabado algo: las nubes corren veloces como los días. Oh, querido Kostia, me hago vieja, y pensando eso, Oksana sintió una inédita soga de tiempo arrastrándola hacia la nada. Y allí mismo, sobre las amapolas, dejó caer el cestillo y su túnica roja.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

Hombre bala

  Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».  

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.