Dicen que arrastra cadenas y que en lugar de cabeza tiene una campana. Otros afirman que el broncíneo testuz es en realidad una cacerola vacía, sin sustancia dentro. Lo cierto es que rueda por el monte, alegre —la sala de máquinas era fea—, perdiendo tuercas y tornillos. Lo acompaña, colgada de un hilo en la caldera oxidada, una pequeña araña volatinera; no hablan la misma lengua, pero han llegado a entenderse.
Al artilugio le llueven piedras cuando roza las zonas pobladas—¡quieren saber lo que hay en esa cabeza!—. Le cuelgan mazas como brazos —podría resolver la burla en el acto, romper músculos y tendones, destrozar cráneos—, pero por el momento, solo chirría extrañado.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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