Dicen que arrastra cadenas y que en lugar de cabeza tiene una campana. Otros afirman que el broncíneo testuz es en realidad una cacerola vacía, sin sustancia dentro. Lo cierto es que rueda por el monte, alegre —la sala de máquinas era fea—, perdiendo tuercas y tornillos. Lo acompaña, colgada de un hilo en la caldera oxidada, una pequeña araña volatinera; no hablan la misma lengua, pero han llegado a entenderse.
Al artilugio le llueven piedras cuando roza las zonas pobladas—¡quieren saber lo que hay en esa cabeza!—. Le cuelgan mazas como brazos —podría resolver la burla en el acto, romper músculos y tendones, destrozar cráneos—, pero por el momento, solo chirría extrañado.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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