Contemplan el precipicio desde el mirador. Acuden desde varios kilómetros a la redonda, o como Eliza, atraviesan el país. No son muchos y no existe la impresión de hallarse ante un lugar turístico, aunque siempre hay alguien entregado al mindfulness junto a la barandilla. Eliza está llena de preguntas, preguntas para las que no tiene respuesta, preguntas a las que nadie sabe responder. Por eso acude hasta el precipicio en su día libre y se acomoda en uno de los asientos al descubierto. Su maestro programador asegura que la duda humaniza, pero ella no ha podido ver los ojos de ningún ser humano. Ya es imposible.
A veces el silencio de la sima devuelve el eco de un impacto solitario, es alguno de ellos, despeñado contra las rocas.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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