Contemplan el precipicio desde el mirador. Acuden desde varios kilómetros a la redonda, o como Eliza, atraviesan el país. No son muchos y no existe la impresión de hallarse ante un lugar turístico, aunque siempre hay alguien entregado al mindfulness junto a la barandilla. Eliza está llena de preguntas, preguntas para las que no tiene respuesta, preguntas a las que nadie sabe responder. Por eso acude hasta el precipicio en su día libre y se acomoda en uno de los asientos al descubierto. Su maestro programador asegura que la duda humaniza, pero ella no ha podido ver los ojos de ningún ser humano. Ya es imposible.
A veces el silencio de la sima devuelve el eco de un impacto solitario, es alguno de ellos, despeñado contra las rocas.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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