Tenía un problema con los uniformes, pero también con los monekos; porque los monekos, todos ellos, formaban un batallón atípico y divergente. Marchaban al son de pífanos y tambores, arrastrando sus gabanes exageradamente largos, pisándolos, trabándose, tropezando la mayor parte del rato; arenque ahumado dentro de los bolsillones, unos anteojos —para la ópera—, un paraguas reversible que disparaba lluvia o granizo y pliegos con los mapas de ciudades invisibles.
Era el suyo un desfile sincopado, disléxico y asonante. Temidos por sembrar el caos en lugar de nabos o legumbres, los monekos podían tardar años en llegar hasta una batalla, y para cuando lo hacían, el conflicto ya había sido resuelto. Eran, por tanto, un ejército que jamás entabló combate alguno… excepto con su propia entropía.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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