Tenía un problema con los uniformes, pero también con los monekos; porque los monekos, todos ellos, formaban un batallón atípico y divergente. Marchaban al son de pífanos y tambores, arrastrando sus gabanes exageradamente largos, pisándolos, trabándose, tropezando la mayor parte del rato; arenque ahumado dentro de los bolsillones, unos anteojos —para la ópera—, un paraguas reversible que disparaba lluvia o granizo y pliegos con los mapas de ciudades invisibles.
Era el suyo un desfile sincopado, disléxico y asonante. Temidos por sembrar el caos en lugar de nabos o legumbres, los monekos podían tardar años en llegar hasta una batalla, y para cuando lo hacían, el conflicto ya había sido resuelto. Eran, por tanto, un ejército que jamás entabló combate alguno… excepto con su propia entropía.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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