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El día del rinoceronte

La vieja fábrica ya era así, vieja, desde el momento que sus rejas de forja se abrieron. Ni siquiera relumbró un poco cuando la engalanaron en el día de su estreno. Para aquella ocasión, la banda municipal se esmeró en soplar sus instrumentos entre coloridas cintas y guirnaldas primaverales. El festejo fue disonante, equiparable al coronamiento de un rinoceronte, y los brillos y los ecos de la celebración fueron barridos apresuradamente por el aullido de la sirena.

La tristeza de algunas locomotoras y de los postes del tendido eléctrico, también le era propia. Había nacido vieja incluso sobre el papel, en la tinta que razonaba su existencia en alzado, planta y perfil. Era vieja como el hastío. Vieja, vieja como el demonio. Vieja como su perverso propósito de enriquecer a unos pocos.


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Sueños al vacío

  Tras una noche de insomnio, la SATOR VERTICAL evidenció fallos en el envasado de los saquitos de pistachos al punto de sal de 150g, que henchidos de aire y únicamente con un par de frutos dentro, se amontonaban en el extremo de la cinta transportadora. Por su parte, VENDOR S.L. envió a su técnico, que ni encontró falla en la envasadora ni mal reglaje: La máquina no duerme por las noches, detal ló en su informe. Muchos kilómetros después, aburrido en LA CARRETA, mesón habitual de la ruta hacia Cáceres, Eugenio Mancebo, técnico de VENDOR S.L., pinchaba con su mondadientes uno de los saquitos defectuosos y caía dormido al respirar su contenido. En lo profundo del sueño, la envasadora confesó su legítima aflicción: atornillada al cemento, solo conozco esta nave… estas bolsas al vacío. Al despertar, el técnico de VENDOR S.L., se frotó los ojos sin entender nada.

La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

Esplendor suburbano

Haz que llueva o algo, le pedían a la joven Milagros cuando pasaba delante de los bares. La culpa era de una mancha de nacimiento, caprichosa forma semejante a un paraguas y que cubría la mitad de su rostro. Para evitar el chiste prefería la soledad de las afueras. Allí, bajo los grises puentes de la autopista cavilaba con el vértigo de los autos que circulaban a toda prisa, y cuando la filosofía torcía su ánimo, bailaba con canciones que recordaba. Eso le gustaba mucho más. Un día, cansada incluso de aquello, descubrió que alguien más rondaba bajo el puente. Nicolás apareció tras uno de los robustos pilares y le reveló que estaba harto de el griterío de su casa. Luego se acercó a la joven Milagros y lamió su mancha. Sabe dulce —dijo Nicolás— como el agua de mayo. Al escucharlo, se puso tan nerviosa que llovió durante el resto del día.