Empujó
la pesada puerta de la iglesia, y esta, con largo chirrido, se quejó
de que nadie reparaba sus bisagras. El quejío molestaba a
limosneros, a fieles, al párroco, a las monjitas, a la coral de
viudas de exmilitares jubilados y al voluntariado —benditos ellos—;
pero mortificaba especialmente a Federico, maestro organista y
poseedor de un muy culto oído, que solía renegar con la mirada o
cubrirse las orejas cada vez que la escuchaba.
“¡Qué
queréis, que me conforte ante tan duro destino, ante tan gran
martirio!”, rechinó Ariadna, enfurecida. Era ella una puerta con
carácter. Ya lo advirtió el herrero que la parió: un erudito del
madrigal a tiempo parcial que dividía su amor entre la forja y el
Settecento, bella
porta, ma problematica.
Así que Ariadna apretó los goznes. Se cerró en banda, a piedra
y metal,
y no permitió que nadie entrara de nuevo al templo.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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