Empujó
la pesada puerta de la iglesia, y esta, con largo chirrido, se quejó
de que nadie reparaba sus bisagras. El quejío molestaba a
limosneros, a fieles, al párroco, a las monjitas, a la coral de
viudas de exmilitares jubilados y al voluntariado —benditos ellos—;
pero mortificaba especialmente a Federico, maestro organista y
poseedor de un muy culto oído, que solía renegar con la mirada o
cubrirse las orejas cada vez que la escuchaba.
“¡Qué
queréis, que me conforte ante tan duro destino, ante tan gran
martirio!”, rechinó Ariadna, enfurecida. Era ella una puerta con
carácter. Ya lo advirtió el herrero que la parió: un erudito del
madrigal a tiempo parcial que dividía su amor entre la forja y el
Settecento, bella
porta, ma problematica.
Así que Ariadna apretó los goznes. Se cerró en banda, a piedra
y metal,
y no permitió que nadie entrara de nuevo al templo.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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