Al despertar, el viejo señor Tadashi entró al baño y se miró en el espejo, inclinando la cabeza, como cada mañana. Tadashi era un maestro de escuela, viudo y muy reservado. Pasaba los días de verano en una cabaña alquilada cerca de una aldea costera. Allí regresaba cada año con su maleta, sus lentes y su bigote canoso. Apreciaba el espejo porque era viejo como él y ambos empezaban a mostrar los destrozos del tiempo. Pero sobre todo, porque desde el otro lado, Nioko, eternamente joven, le devolvía el saludo.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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