Al despertar, el viejo señor Tadashi entró al baño y se miró en el espejo, inclinando la cabeza, como cada mañana. Tadashi era un maestro de escuela, viudo y muy reservado. Pasaba los días de verano en una cabaña alquilada cerca de una aldea costera. Allí regresaba cada año con su maleta, sus lentes y su bigote canoso. Apreciaba el espejo porque era viejo como él y ambos empezaban a mostrar los destrozos del tiempo. Pero sobre todo, porque desde el otro lado, Nioko, eternamente joven, le devolvía el saludo.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
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