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La buena educación

Una de las baldosas era distinta a las del resto de la casa; su viñeta selvática aparecía incompleta y sin lustre, solitaria entre una extensa geometría de ártico blancor. El pisito del centro histórico, el que a principios de siglo alojara al vicecónsul de Venezuela, había sido decorado al gusto posmoderno, y la baldosa, que nadie pudo retirar, quedó allí anclada como un simpático anacronismo. Al verla, los inquilinos se mostraron encantados, y también el gato persa, que ronroneó de satisfacción al inaugurar la nueva residencia.

A la baldosa la sorteaban con equilibrios, a veces cómicos. Jamás la pisaban y los invitados debían admirarla desde la distancia, sin rozarla. El gato de la casa, echado junto a la censurada parcela, gustaba de acicalar allí su pelusa. Rara vez la descuidaba. Pero con su ojo felino vigilaba también al caballero con chistera que le saludaba al entrar y salir por ella.

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Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.