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Malas hierbas

Los tranquilos jardines del tedio puedo ojearlos desde la ventana. Nunca antes estuvieron tan callados, vaciados de propósitos al igual que mi calendario. Solo que las malas hierbas han tomado la pérgola, los toboganes, los columpios grafiteados, lugares que antes les estaban vedados. Se engrosaron en los umbráculos durante el encierro, y en ausencia de trabajadores desbordan los parterres e invaden las pistas sin dificultad. La estampa parece sacada de un relato ficticio, y en los mensajes del chat siempre leo esa frase en algún momento. Además, los boletines informativos ya no aconsejan bajar al perro; se trata de una medida para evitar accidentes, advierten, porque los cachorros desaparecen entre los brotes enmarañados. Qué raros días me visitan. Las calles desiertas como una invención fallida. Contemplo el parque y me pregunto si la maleza cruzará la carretera. Si conseguirá rodear este bloque. Si como dicen, esto no será más que una novela. Si los vigorosos tallos acabará por cubrirlo todo; incluso mis recuerdos.


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La cronófaga y la pila de ropa

  Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.

Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Hombre bala

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