Llevaba tanto tiempo contemplando esa foto de Lee Friedlander, que por pura rabia la arrancó del libro y no volvió a recordarla hasta por la noche, cuando ya más calmada recogió sus cosas. Advirtió que en aquella imagen podía distinguir la muda cercanía de quien, a pesar de no estar presente, era capaz de escuchar y asentir. La fotografía la dispuso junto a su rincón favorito y le complacía mucho mirarla al acabar la jornada. Ocurría entonces que al otro lado del monócromo intangible se encendía el televisor. También allí, en el otro lado, era el esperado mejor momento del día.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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