Llevaba tanto tiempo contemplando esa foto de Lee Friedlander, que por pura rabia la arrancó del libro y no volvió a recordarla hasta por la noche, cuando ya más calmada recogió sus cosas. Advirtió que en aquella imagen podía distinguir la muda cercanía de quien, a pesar de no estar presente, era capaz de escuchar y asentir. La fotografía la dispuso junto a su rincón favorito y le complacía mucho mirarla al acabar la jornada. Ocurría entonces que al otro lado del monócromo intangible se encendía el televisor. También allí, en el otro lado, era el esperado mejor momento del día.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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