Todas las noches soñaba con el sombrero perdido. Lo seguía sin descanso, a la carrera, alargando los brazos tanto cuanto podía para recuperarlo, jadeante como un podenco entregado a la caza; hasta que un requiebro inesperado alejaba para siempre la chistera de sus dedos.
«¡Desdichado espantajo!; ¡Presumido!; ¡Despierta ya!», gritaba puntual —al alcanzar el sol su cenit— un cuervo empeñado en apropiarse de los retales que abultaban la cabeza de trapo. Miraba entonces la fachosa ropa desvaída que lo vestía, las estacas resecas que asomaban por ellas, y creía escuchar que algo, algo que se reía, aullaba escondido en el viento.
Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes. Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.
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