Todas las noches soñaba con el sombrero perdido. Lo seguía sin descanso, a la carrera, alargando los brazos tanto cuanto podía para recuperarlo, jadeante como un podenco entregado a la caza; hasta que un requiebro inesperado alejaba para siempre la chistera de sus dedos.
«¡Desdichado espantajo!; ¡Presumido!; ¡Despierta ya!», gritaba puntual —al alcanzar el sol su cenit— un cuervo empeñado en apropiarse de los retales que abultaban la cabeza de trapo. Miraba entonces la fachosa ropa desvaída que lo vestía, las estacas resecas que asomaban por ellas, y creía escuchar que algo, algo que se reía, aullaba escondido en el viento.
Los restos del reloj crujieron bajo sus pies, exhalando un jugo ligero y nacarado. La cronófaga saboreó largamente el excepcional paladar —ni dulce, ni acre, ni ácido, ni tampoco salobre— que los eones dejaban en su boca. Con cada bocado, el escenario avistado desde el seco cerro se vaciaba de tiempo; el sol, inmóvil, colgaba del atardecer sin ocultarse tras los montes; la nube, el herrerillo, la encina y la hormiga; el cigarral, que todo lo contenía, se apretaba contra un cielo azafranado y sin aire. Rocío volteó la fotografía; en el reverso, escrito a mano: Campos de Toledo, 1983. Había oscurecido sobre la ropa apilada en la butaca y Rocío pulsó el interruptor, anudó su bata y se recogió la greña tras la oreja. Era tarde y se apresuró a empuñar la plancha. El tiempo... es también luz.
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