Leche, cacao, avellanas y otras tantas
cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos
alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con
placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a
diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que
nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y
la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello
y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo
se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al
apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina.
Pasaría una larga temporada sopesando si mostrarse a las nuevas personas. Pero
antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.
Se acerca la hora del cañón, y en su interior, como siempre antes del lanzamiento, el hombre bala repasa sin mucho entusiasmo los deshilachados hitos que tachonan su vida. «Por si tengo un mal aterrizaje», se dice. Y mientras el maestro de ceremonias detalla la parábola del vuelo, en e l centro de la explanada, remarcado por un solitario foco, han dispuesto al imponente cilindro. El foro enmudece tras una pausa reverencial, y un atronador estallido sacude entonces las tribunas. Como un obús, el hombre bala atraviesa la humareda. Se proyecta velocísimo. Rebasa la colchoneta que lo aguarda fuera de la pista; queda atrás el parking de caravanas y el recinto ferial, y los días mohosos y las tardes de espera. Vuela muy alto, donde nada puede tocarlo, hasta desaparecer sobre un estrépito de aplausos. De la caseta de tickets escapa un pálido suspiro; «qué suerte... ese ya no ficha mañana».
Salgo a dar un paseo de madrugada, ha sido un día ajetreado, con este cansancio que me tumba creía que podría coger el sueño con facilidad pero algo, alguna insatisfacción íntima me ha desvelado.
ResponderEliminarSaliendo del portal y cruzando la calle levanto la vista y en toda la fachada sólo se ve una ventana con luz, una luz ténue, parpadeante. Es el cuarto B, es la sala de estar de la inquilina. Una televisión pequeña, de las antiguas, proyecta en silencio imágenes en blanco y negro, la inquilina dormita recostada entre cojines. Un momento de oscuridad en la pantalla, el clímax de la trama, le sigue un flash de luz, el de la revelación. Los rítmicos ronquidos de la inquilina se interrumpen, la inquilina entreabre los ojos. Sin incorporarse mira a su derecha, en el hueco del sillón, busca entre sueños la figura tumbada de Kedardo.
Ahí está.
Kupak, muchas gracias por la visita y por el relato.
EliminarLa tristeza me lleva en su saco.
Saludos...
Sea lo que sea no es para siempre, lo digo desde la experiencia personal. Puede durar un día, una semana, seis meses, una década, pero no es para siempre.
ResponderEliminarMucho ánimo.