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Entradas

La Gran Nada

Una inspección sorpresa resultó fácil, pues para eso estaban los túneles y los frigoríficos. A pesar de conocer bien el lugar, la noche lo cubría de incertidumbre. No pasaba nadie, tampoco nadie cruzaba aquella estampa invernal. Ante la casa, bien aparcado, un coche soportaba inmóvil el peso de la nevada. Nada hacía ruido en aquella última noche del año. Dentro, el hogar estaba a oscuras, limpio y ordenado. Según avanzaba, fui encontrando más orden y más limpieza. No quedaban objetos o utensilios reconocibles con los que  armar una historia. Por supuesto, tampoco quedaban retratos o fotografías, ni el más mínimo calor, huella, o atisbo de humanidad. Había sido  un trabajo de borrado muy eficaz. L a casa, desprovista de memoria, parecía un juguete de grandes dimensiones. Ya en el fondo, en las zonas más privadas, no se podía respirar;  no habían dejado ni el aire.  Era un mundo estéril, un paisaje inútil, que a pesar de las líneas maestras, me costaba reconocer. Sa...

Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.

Tokimodori

Nunca había escuchado un sonido semejante. Era verano y las cigarras sonaban con fuerza en el bloque de domicilios junto al parque. Hacía ya muchas décadas que las bulliciosas piscinas de tiempos pasados se habían transformado en fosas vacías; el griterío y los juegos habían mudado al ocasional, y siempre perturbador, sonar de las ambulancias. En el bloque ya solo quedaban ancianos esperando el final tras las enmudecidas puertas de sus casas. Tokimodori había sido un barrio muy popular y también exitoso. Las jóvenes familia habían compartido allí las inquietudes y expectativas de un futuro prometedor. Pero Tokimodori, como todos los lugares que brillan con mucha intensidad durante un tiempo, acabó siendo un escenario solitario, prácticamente desierto; una fea distorsión que, ya en el presente, arruga el ánimo. Solitarios supervivientes de enfermedades, divorcios, separaciones, crisis, y negocios quebrados, conviven con realojados de otros bloques que, como Tokimodori, florecieron b...

Stilettos

Todo cambió con su llegada. Desde aquel día, yo, que siempre despertaba tarde y despreocupado, temía el momento de abandonar la cama. Escuchaba claramente el repicar de sus tacones, como una tijera orgullosa desfilando pasillo abajo; luego la puerta de casa se cerraba. Esa era la señal para salir de la cama. Pasado un buen rato, y con mucho cuidado por si regresaba, me llegaba hasta el baño, donde flotaba, incorpóreo, el aroma de su perfume. El rastro me conducía hasta la cocina y allí se mezclaba con humo de cigarrillo y café. La casa se volvió incómoda. Yo aprovechaba el tiempo que ella estaba fuera para buscar sus cosas y echarlas de casa; pero no había trajes, ni bolsos, ni tacones: ni una gota encontré de su perfume. Ella regresa de madrugada arrastrando sus tacones. Se acerca hasta la cama, donde yo me hago el dormido, y se detiene un momento: un momento que dura una eternidad; entonces siento como el frío se mete entre las sábanas, lo siento acomodarse contra mi cuerpo. Así ...

La desaparición del vestido color verde

Olvidó con facilidad que durante aquel atardecer de verano la luz del sol se hundía pacientemente tras los edificios a sus espaldas. La luz no era exactamente del color de los melocotones maduros, pero se le parecía mucho. También olvidó la inflexión de sus palabras, o el ángulo de su mirada, el diminuto músculo que anticipaba su sonrisa, el sabor del dulce y cremoso helado; apuntes todos, fugaces, tomados al vuelo antes de desaparecer. Sucedió lo mismo con el vestido, el único vestido verde que se paseó por las calles durante aquellos meses y que nunca más volvió a verse. Es 1876 en una ciudad europea, a la que la inercia cognitiva nombra como París, y que seguramente lo sea; de camino a una librería con una estrecha y alargada puerta de cristal y bronce que muestra un elaborado trabajo de forja. Al entrar suenan unas campanillas iguales que las que todavía hoy en día pueden escucharse en algunos comercios antiguos. No hay muchos visitantes. Sobre las robustas mes...

La Estación Blanca

La Estación Blanca fue fotografiada por última y única vez desde el espacio por un satélite canadiense en 1994. La imagen, no muy definida, muestra una construcción translucida y blanquecina de aristas vivas y sencillas formas rectangulares. Dos segundos después, en la siguiente instantánea, la estación ha desaparecido. Me reúno en Mongolia con una tribu de nómadas que aseguran haberla visto. Rebusco en mi bolsa de viaje una botella de agua. Hay un torneo con caballos y jinetes, casualidad, en mitad de esta llanura vibrante y anómala. No he visto nada avanzar más rápido en toda mi vida. Un Ferrari en mitad del desierto no tiene valor, pero un caballo es un tesoro. Dentro de la caravana encuentro a los testigos. Parecen haber estado años enteros allí sentados, esperándome. El guía me traduce que no la busque, no existe; La Estación Blanca es un estado de la mente.

Liebestod

Todo esto sucedió, más o menos , durante mi separación. Sin poder dormir, empecé a frecuentar la única biblioteca nocturna de la ciudad. Al principio me sentaba en los sillones, ojeaba semanarios y miraba discretamente a los que como yo pasaban allí su desgracia; luego, durante doce años, me acompañé de un atlas gigante con láminas a todo color. Cuando regresaba al hogar Bostwana y Bangladesh pateaban mi cabeza, así olvidaba que ella se había marchado. Me trabajé cierta cuota de respeto: los veteranos empezaron a llamarme jefe . No salía, no comía, y por supuesto tampoco dormía; olvidé mi nombre, el de ella y el aspecto de mi reflejo; pero conocía todos los nombres del mundo. Tras doce años pisé la calle de nuevo. No supe lo que hacer con tanta luz. Miré mi ropa, estaba gastada y afeada por lamparones; quise escuchar el Tristán, pero me deshice por el camino.