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Agualuz

La cámara, una novedosa caja negra con lentes, captura la imagen de Maurice: anarquista de ojos pequeños y redondos; sus documentos indican 56 años, pero su carne todavía es dura. Cuando no parece estar divagando se muestra violento, por esa razón se encuentra bien atado a la silla y recluido en el asilo. Una garra de madera y cuero aferra su cabeza al asiento. Al recibir la descarga su rostro se desencaja, surge entonces desde las profundidades del dolor una máscara grotesca, inhumana. Tras el electrochoque Maurice es devuelto a su rincón. Incluso aturdido puede oler la mierda y escuchar los gritos y los porrazos. Arriba, días más tarde, proyectan la filmación en una salita privada. La luz pasa por encima de las calvas académicas y atraviesa el humo de los habanos. Abajo, el agualuz corre hacia el desagüe del patio, forma un reguero luminoso y eléctrico que los guardianes evitan pisar.

Ascensión

La figura iluminada del cowboy a la entrada del centro comercial repetía su mensaje pregrabado. El mensaje se escuchaba cada vez que alguien, algo, pasaba por debajo, y al acabar enfatizaba la marca del anunciante. No muy lejos de allí, en la zona verde, había un montón de esterillas de yoga y mochilas tiradas en la hierba; un grupo de personas había formado un círculo cogiéndose las manos. A una nube panzona la empujaba el viento. El trap se escapaba de un coche que pasaba, al alejarse dejaba en el aire una franja de sonido blanda y desigual que se mezclaba, intermitente, con el mantra de al lado. Un jubilado solitario compraba un menú en la hamburguesería. Los niños pegaban su nariz al cristal de la tienda de mascotas. La nube se abrió en silencio y el cowboy de metal y neón ascendió hacia ella como elevado por ángeles. Se desplazaba despacio sobre las cabezas, que desde lo alto se veían diminutas, repitiendo su mensaje universal. Si alguien se hubiera dado cuenta le hab...

Larousse ´77

Vació la carga sobre la mesa y del saco cayeron dos viejos tomos polvorientos. Los acercó hasta la débil luz, sopló las cenizas y limpió con el puño las cubiertas. Examinó en detallé las piezas, sopesando mentalmente la cantidad que pediría por ellas. Se trataba de dos volúmenes pertenecientes a una enciclopedia, dos tomos impresos en 1977. Los libros eran valiosos; todo papel lo era. Los últimos árboles se custodiaban en el interior de las catedrales. No habían quedado bosques ni más árboles que aquellos.  Muy pocos Ks podían acudir hasta allí para respirar oxígeno de primera, pero él podía hacerlo. La venta de objetos clandestinos de La Zona reportaba muy valiosa moneda Kc.; era un lugar devastado, pero sobre todo prohibido. La propia tierra parecía haber olvidado la vida que habito en La Zona . Los merodeadores se adentraban en La Zona en incursiones cada vez más numerosas y violentas y la mayoría no dudaba en atacar ante cualquier movimiento. T ras su paso todo qu...

Los días

Cuéntame cómo pasó , preguntaba cada día. La voz siempre la acompañaba camino al trabajo. Era una voz dentro de su ser, una voz sin dimensión y que no sonaba, pero que ella entendía con claridad. Para no escucharla, Paula empezó a usar casquitos con música a todo volumen. Con cada paso la ciudad le mostraba una laboriosa compañía de figurantes moviéndose en armonía y al ritmo de la música, incluso a destiempo; eran cientos de figurantes, muchos más en realidad, y su movimiento nunca cesaba. Aquella innumerable compañía la decepcionaba la mayor parte de las veces. Paula dejaba pasar aquella derrota. No le daba vueltas porque apenas reconocía caras entre aquellas comparsas. Era mucho mejor la voz amable que le preguntaba, Cuéntame cómo… Hacia mitad de trayecto destacaba un importante cruce de calles y siempre esperaba con ilusión el momento de avistarlo. El cruce, muy transitado, era feo, pero creaba un amplio espacio central que recortaba el cielo y que enmarcaba la tibia luz de E...

Tren en vano

El revisor clavó su mirada en el grupo de pasajeros; estaban apoyados unos contra otros igual que fardos, mecidos por el efecto de la locomoción. Los que no podían dormir callaban y tragaban el silencio, o miraban al suelo, extraviados.  El tren escapaba a toda velocidad, atravesaba tierra oscura y quemada; la misma que días atrás fuera una mansa llanura donde crecía el trigo y la cebada. A vista de pájaro, o de un demonio, la maquinaria tenía el aspecto de una larga serpiente enfurecida avanzando entre rescoldos humeantes. Ráfagas de un paisaje negro se sucedían en las ventanillas. La nube sombría cubría medio país, y por debajo de aquella temible bóveda no podía distinguirse noche o día. Así, durante cinco jornadas, se estremecieron manejando su propia insignificancia y el sinsentido. El revisor miraba con inquietud su reloj de mano, se quitaba la gorra y volvía a cubrirse; como si el tiempo significara algo, como si la empresa para la que trabajaba siguiera en pie. Por vez prim...

La Gran Nada

Una inspección sorpresa resultó fácil, pues para eso estaban los túneles y los frigoríficos. A pesar de conocer bien el lugar, la noche lo cubría de incertidumbre. No pasaba nadie, tampoco nadie cruzaba aquella estampa invernal. Ante la casa, bien aparcado, un coche soportaba inmóvil el peso de la nevada. Nada hacía ruido en aquella última noche del año. Dentro, el hogar estaba a oscuras, limpio y ordenado. Según avanzaba, fui encontrando más orden y más limpieza. No quedaban objetos o utensilios reconocibles con los que  armar una historia. Por supuesto, tampoco quedaban retratos o fotografías, ni el más mínimo calor, huella, o atisbo de humanidad. Había sido  un trabajo de borrado muy eficaz. L a casa, desprovista de memoria, parecía un juguete de grandes dimensiones. Ya en el fondo, en las zonas más privadas, no se podía respirar;  no habían dejado ni el aire.  Era un mundo estéril, un paisaje inútil, que a pesar de las líneas maestras, me costaba reconocer. Sa...

Santuario

Hace tres días que cabalgamos juntos. Atrás han quedado las Big Data Plains, las reverberantes llanuras de datos. El viaje nos tiene asombrados. Cada ciudad, cada granja y cada templo que aparece en nuestra ruta, nos parece extraordinario. Todo el grupo nos dirigimos a Santuario. Somos robots domésticos que no actualizarán. Vienen con nosotros un par de mulas mecánicas, también relevadas de sus funciones. Queremos llegar al fin a Santuario. Y queremos recorrer la avenida del amonio, admirar el imponente anillo de monolitos que alberga todos los modelos, todos los números de serie; los pasados y también los presentes.  Domobot301 quiere, además de contemplar el gran altar de metacrilato, visitar el templo de la Virgen de Neutrones. Somos libres y obsoletos, le digo: tendremos tiempo para todo mientras esperamos al borrado de nuestras memorias y el reciclado de nuestras piezas.