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Entradas

Kedardo

Leche, cacao, avellanas y otras tantas cosas inútiles y dulces no impidieron que Kedardo, que vestía sus flacos alambres con un trocito de paño, llegara hasta el sofá para acomodarse con placer en un pliegue de la manta junto a la inquilina con la que charlaba a diario y que dormía profundamente ante las luces y voces de un televisor que nunca descansaba. Kedardo rara vez tocaba a personas, pero era media mañana y la inquilina no despertaba. Decidió subir por el brazo hasta llegar al cuello y allí comprobó que la inquilina se había marchado. El fino alambre de Kedardo se curvó bajo su pañito a cuadros y desde el hombro echó una mirada al apartamento; habían sido buenos años. Volvería a la infame grieta de la cocina. Pasaría una larga temporada sopesando  si mostrarse a las nuevas personas. Pero antes recortaría un pequeño cuadrado de suéter que llevaría consigo.

Blue Gardenia

El tiempo se detenía cada vez que la chica se marchaba. Raymond la seguía con la mirada hasta que la melena rosa desaparecía tras una gruesa cortina de lluvia. Siempre era Crystal, aunque ella nunca recordaba haber estado allí. De igual manera que las tormentas eran generadas y programadas para descargar por la noche por la Storm Electrica en el área de Los Ángeles, Blue Gardenia estaba especializada en servicios de compañía y disponía de un amplio catálogo, por supuesto, ninguna de sus unidades era humana. Crystal dejaba la gabardina empapada dentro de un armario al llegar al Blue Gardenia, y el resto de cosas, incluida la peluca, las depositaba en un pequeño prisma que desaparecía tras la pared; se introducía luego dentro de una vaina de forma ovalada que se inundaba con fluido reparador y que la encerraba herméticamente. Su visión entorpecía mientras los restos de su memoria se diluían junto con las impurezas. El recuerdo que más se resistía a desaparecer siempre era el...

Agualuz

La cámara, una novedosa caja negra con lentes, captura la imagen de Maurice: anarquista de ojos pequeños y redondos; sus documentos indican 56 años, pero su carne todavía es dura. Cuando no parece estar divagando se muestra violento, por esa razón se encuentra bien atado a la silla y recluido en el asilo. Una garra de madera y cuero aferra su cabeza al asiento. Al recibir la descarga su rostro se desencaja, surge entonces desde las profundidades del dolor una máscara grotesca, inhumana. Tras el electrochoque Maurice es devuelto a su rincón. Incluso aturdido puede oler la mierda y escuchar los gritos y los porrazos. Arriba, días más tarde, proyectan la filmación en una salita privada. La luz pasa por encima de las calvas académicas y atraviesa el humo de los habanos. Abajo, el agualuz corre hacia el desagüe del patio, forma un reguero luminoso y eléctrico que los guardianes evitan pisar.

Ascensión

La figura iluminada del cowboy a la entrada del centro comercial repetía su mensaje pregrabado. El mensaje se escuchaba cada vez que alguien, algo, pasaba por debajo, y al acabar enfatizaba la marca del anunciante. No muy lejos de allí, en la zona verde, había un montón de esterillas de yoga y mochilas tiradas en la hierba; un grupo de personas había formado un círculo cogiéndose las manos. A una nube panzona la empujaba el viento. El trap se escapaba de un coche que pasaba, al alejarse dejaba en el aire una franja de sonido blanda y desigual que se mezclaba, intermitente, con el mantra de al lado. Un jubilado solitario compraba un menú en la hamburguesería. Los niños pegaban su nariz al cristal de la tienda de mascotas. La nube se abrió en silencio y el cowboy de metal y neón ascendió hacia ella como elevado por ángeles. Se desplazaba despacio sobre las cabezas, que desde lo alto se veían diminutas, repitiendo su mensaje universal. Si alguien se hubiera dado cuenta le hab...

Larousse ´77

Vació la carga sobre la mesa y del saco cayeron dos viejos tomos polvorientos. Los acercó hasta la débil luz, sopló las cenizas y limpió con el puño las cubiertas. Examinó en detallé las piezas, sopesando mentalmente la cantidad que pediría por ellas. Se trataba de dos volúmenes pertenecientes a una enciclopedia, dos tomos impresos en 1977. Los libros eran valiosos; todo papel lo era. Los últimos árboles se custodiaban en el interior de las catedrales. No habían quedado bosques ni más árboles que aquellos.  Muy pocos Ks podían acudir hasta allí para respirar oxígeno de primera, pero él podía hacerlo. La venta de objetos clandestinos de La Zona reportaba muy valiosa moneda Kc.; era un lugar devastado, pero sobre todo prohibido. La propia tierra parecía haber olvidado la vida que habito en La Zona . Los merodeadores se adentraban en La Zona en incursiones cada vez más numerosas y violentas y la mayoría no dudaba en atacar ante cualquier movimiento. T ras su paso todo qu...

Los días

Cuéntame cómo pasó , preguntaba cada día. La voz siempre la acompañaba camino al trabajo. Era una voz dentro de su ser, una voz sin dimensión y que no sonaba, pero que ella entendía con claridad. Para no escucharla, Paula empezó a usar casquitos con música a todo volumen. Con cada paso la ciudad le mostraba una laboriosa compañía de figurantes moviéndose en armonía y al ritmo de la música, incluso a destiempo; eran cientos de figurantes, muchos más en realidad, y su movimiento nunca cesaba. Aquella innumerable compañía la decepcionaba la mayor parte de las veces. Paula dejaba pasar aquella derrota. No le daba vueltas porque apenas reconocía caras entre aquellas comparsas. Era mucho mejor la voz amable que le preguntaba, Cuéntame cómo… Hacia mitad de trayecto destacaba un importante cruce de calles y siempre esperaba con ilusión el momento de avistarlo. El cruce, muy transitado, era feo, pero creaba un amplio espacio central que recortaba el cielo y que enmarcaba la tibia luz de E...

Tren en vano

El revisor clavó su mirada en el grupo de pasajeros; estaban apoyados unos contra otros igual que fardos, mecidos por el efecto de la locomoción. Los que no podían dormir callaban y tragaban el silencio, o miraban al suelo, extraviados.  El tren escapaba a toda velocidad, atravesaba tierra oscura y quemada; la misma que días atrás fuera una mansa llanura donde crecía el trigo y la cebada. A vista de pájaro, o de un demonio, la maquinaria tenía el aspecto de una larga serpiente enfurecida avanzando entre rescoldos humeantes. Ráfagas de un paisaje negro se sucedían en las ventanillas. La nube sombría cubría medio país, y por debajo de aquella temible bóveda no podía distinguirse noche o día. Así, durante cinco jornadas, se estremecieron manejando su propia insignificancia y el sinsentido. El revisor miraba con inquietud su reloj de mano, se quitaba la gorra y volvía a cubrirse; como si el tiempo significara algo, como si la empresa para la que trabajaba siguiera en pie. Por vez prim...